domingo, 10 de octubre de 2010

Spinetta en el Teatro Coliseo

Después de aquel 4D del año pasado en Velez, después de aquella noche sublime e interminable en la que el flaco nos regaló un compendio de lo mejor de su carrera y en la que revivió a sus bandas eternas. Después de habernos elevado por sobre cualquier expectativa que jamás nos hayamos podido fijar a la hora de gozar de su arte, me resultaba muy difícil volver a ver a Spinetta sobre un escenario desprendiéndome de aquella imagen y hacerme a la idea de un músico “terrestre y humano” que solamente tiene como objetivo brindar “un show más” en su extensa carrera. Así fue que llegué al Coliseo intentando desprenderme del recuerdo de esa noche mágica y reservar esas emociones para la espera del ansiado DVD, que se demora más de la cuenta. Aunque por otra parte, es el flaco Spinetta, qué tanto! Bajar las expectativas es por demás iluso.
El show arrancó contrariando los cánones de los conciertos de rock. Nada de golpe de efecto, porque cuando el telón del teatro dejó el escenario al descubierto, los músicos ya estaban ubicados en sus lugares y Spinetta saluda y empieza por presentarlos. Primero a su banda actual: Nerina Nicotra en bajo, Sergio Verdinelli en batería y Claudio Cardone en teclados. Después a los dos invitados estables: “Mono” Fontana y Baltasar Comotto. Anuncia además una sorpresa para más adelante, casi como al pasar, y ahí nomás arrancan con “Preconición”, “La verdad de las grullas” y “Despierta en la brisa” (primer gran momento de Baltasar Comotto). El sonido fue sencillamente perfecto, lo cual permitió disfrutar cada uno de los arreglos de una banda que se lució desde el primer momento. Sobre el fondo del escenario se proyectaban imágenes que parecían skins del Windows Media Player y visualmente fueron el único aporte en ese sentido.
En ese primer tramo del show hubo algunas sorpresas, rescates gratamente sorprendentes y un par de momentos particularmente emotivos. Tocaron “Guitarra”, el poema de Atahualpa Yupanki musicalizado por León Gieco y que el flaco ya venía haciendo en vivo; se largaron con “Cementerio Club” que motivó el primer estallido del público ni bien se escuchó el “Justo que pensaba en vos, nena”, y además se rescató a Hugo Fattoruso con su “Milonga blues”, un tema que exige un registro bastante más grave que el de Spinetta, limitación que de todas maneras el flaco sorteó sin mayores inconvenientes. Después hubo un rescate muy especial: “Ella bailó”, de “Peluson of milk”, en el cual Claudio Cardone se luce de una manera descomunal, y una estocada a las emociones: “Asilo en tu corazón”, con el “mono” Fontana y Cardone rescatando los arreglos de cuerdas que Carlos Franzetti hiciera para el lejano “La,la,la”. “Amar, amar hasta perder la noción”. Escuchar eso a los dieciseis años equivalió a lo que para otras generaciones significó el “si no hay amor, que no haya nada entonces” del Indio Solari. Los dos momentos especiales sucedieron cuando el flacó tocó “8 de Octubre” justo un día después de que se cumplan cuatro años de la tragedia de Santa Fe, y cuando Spinetta a punto de quebrarse anuncia que en la sala está Lidia, la madre de Gustavo Cerati, a la que le (nos) regala una versión de “Te para tres” que todos escuchamos en ese silencio que a veces simboliza tan bien a la impotencia.
Siguió “Oh magnolia” y después fue el turno de la sorpresa. La invitada fue Vera Spinetta, la hija del flaco que hizo coros en “Proserpina” y “Cabecita calesita”. “Canción de amor para Olga” tuvo una dedicatoria especial para dos personas muy cercanas y queridas por Spinetta que fallecieron en los últimos días: “Beto” Satragni, bajista que lo acompañara en Jade, y Nora, la esposa de Machi Rufino. En ese segundo tramo del show hubo algunos momentos hilarantes. Primero el flaco se despachó a gusto con un periodista que había anunciado el show diciendo que Spinetta se despedía del disco “Un mañana”. Cómo es que un artista se despide de su obra?, se preguntó el flaco, que además rescató la impronta de futuro que tiene el nombre de ese disco y agradeció el detalle “surrealista” que supone despedirse del mañana. “El único que se despide de sus discos es el discóbolo de mirón” sentenció el flaco. Después fueron los clásicos diálogos con su público: alguien le grita que los pantalones blancos le quedan lindos, y él responde que está practicando para trabajar de mozo, e improvisa “hubo un tiempo que fui mozo….” Y más tarde, alguien acierta en su pedido con el tema que seguía en la lista, y Spinetta lo hace acreedor de un oasis en la luna.
Pasaron “Buenos aires alma de piedra” con la banda suelta, con un ritmo increíble y con Nerina Nicotra que sencillamente la rompe, y “Yo miro tu amor” en donde las guitarra del flaco y Baltasar Comotto se sacaron chispas. Luego “Mi elemento”, que fue el tema que acertó el pibe que se ganó el oasis en la luna, y “Tu vuelo al fin” con la banda ganando en volumen y cerrando el concierto de la mejor manera. Aunque, en una especie de coda, la despedida fue con Spinetta y sus dos tecladistas haciendo el “Prométeme paraíso”, de otro de sus hijos, Dante.
Acá quiero traer un recuerdo. Entre los tantos conciertos de Spinetta que tuve la suerte de presenciar, ahora me viene a la mente uno gratuito en Barrancas de Belgrano, a principios del ’86. De este recital me acuerdo por varias particularidades. Una, porque el flaco, excepto en algunos temas en que lo acompañó “mono” Fontana, tocó solo con su Ovation en un show enteramente acústico. El otro motivo por el cual lo recuerdo, es porque fue la primera vez que lo escuché cantar en vivo “Credulidad”, mi canción preferida de toda su obra. Pero además, esa noche llegué a casa en el 42 y pude ver el final de un partido de verano entre River y la Selección de Polonia. Ese partido River lo perdía 4 a 2, lo empató, y en la última jugada, Enzo Francescoli en el borde del área y de espaldas al arco, recibió una pelota de aire, infló su pecho, la elevó apenas por sobre la altura de su cabeza, y arqueándose hacia atrás, clavó una chilena inolvidable. Y anoche, mientras esperaba el regreso de los músicos al escenario, la memoria me trajo ese recuerdo como un símbolo de lo que significa la música de Spinetta. Cómo aquel movimiento plástico del otro flaco, del uruguayo, la música de Spinetta es el punto cumbre de gracia, genio, inventiva y belleza al que cualquier artista pueda aspirar. Un aleph de que compendia talento e inspiración y que irradia su arte de luz infinita, bajo la forma de música y poesía. Y el show del Coliseo tiene entonces el mismo irremediable destino que aquella pelota despedida del empeine de Francescoli en la lejana y calurosa noche de Mar del Plata de veinticuatro años atrás: el ángulo. Porque al regreso al escenario se escuchan “Durazno sangrando” y “A Starosta, el idiota”. Y cuando no hay más nada que decir, lo mejor es ahorrar palabras. Así que, vámonos de aquí.

viernes, 8 de octubre de 2010

Regina Spektor en el Teatro Gran Rex

La idea de desembarazarme de la energía Pixies para disfrutar del concierto de Regina Spektor no había funcionado. Habías sido tantas y tan intensas las emociones que había vivido en el Luna Park que cuando entré al Gran Rex y vi todas esas butacas tapizadas, casi quería arrancarlas de a una. Pero la impuntualidad de la moscovita me vino como anillo al dedo. Porque los cuarenta y cinco minutos de demora (pensar que al “bichi” Borghi lo echaron por salir un minuto tarde del entretiempo….) cumplieron con la función de ponerme en clima. Para colmo mi asiento estaba sobre uno de los laterales de la platea, y no sé si había una boca de aire acondicionado, si por ese pasillo circula alguna corriente antártica o si Regina quería que conozca el clima de su Moscú natal (si era así, un vodka no hubiese estado nada mal), pero la cosa fue que ese tiempo bastó para enfriarme. Además, en un sitio en donde los Sugus confitados tienen el valor de una cazuela de pulpo, que el tiempo se pase comiendo resulta imposible.
Finalmente las luces se apagaron y Regina Spektor entró al escenario para arrancar con “Holding chair” y seguir con “Eat”. El público la adora. Adoración de un estilo que a mí me disgusta un poco, una adulación exagerada, casi adolescente. Pero ella responde con sonrisas, no se la cree y sigue. Su banda se compone de un violín, un cello y batería. En el medio su piano, en el que se sienta de perfil al público. Como una intérprete clásica, o al estilo de Tory Amos, para ser más exacto. Durante ese segundo tema se le volcó una de las botellitas de te (Sí. Té en botellita plástica, nada de Samovar la rusa) y eso hizo que se produzcan un par de diálogos graciosos con el público. Seguido tocó “Blue lips”, para envidia de los que fueron el Miércoles, pero fue a partir de “Sailor song” cuando el recital tomó el rumbo que yo esperaba. Porque ahí apareció la Regina Spektor que me sedujo desde la tapa de “Soviet Kitsch”, rodeada de mamushkas, con gorra de policía y bebiendo vodka del pico de una botella. Una especie de Fiona Apple del este; irresistible. Siguió con “Machine”, el sonido había ganado en volumen, y dentro del estilo, claro, el show iba tomando temperatura.
En la música de Regina Spektor todo es sutil. Preciso y precioso. Cada arreglo de piano es delicado. La voz de Regina, como si fuera poco, luce mejor en vivo que en los discos. Los matices, su amplitud vocal, los falsetes, todo se engrandece sobre el escenario. Y con esos aditivos nada puede salir mal. En su sencillez, en una actitud inocente, a veces exagerada hasta el cinismo, Regina seduce. Pasan las canciones más pop (“Better”, “On the radio”), y Regina se levanta del piano de cola para pararse frente a su público por primera vez, para desde su Yamaha hacer “Dance anthem of the ‘80s”. Después se queda sola sobre el escenario y se cuelga una guitarra para un tándem magnífico: “Bobbing for apples” (Rock and roll, you hate my soul, You sucked dry my bones but you spit out my mole, I'll always opt to fall down these stairs in the end) y una versión de “That time” que la devolvió a sus inicios; a la movida anti folk de New York, bajo los influjos de Moldy Peaches y el empuje de The Strokes. Y seguido volvió al piano para hacer un “Apres moi” que estremeció hasta los huesos. Cada peso del valor de la entrada se pagó con esos breves minutos de la canción extraída de “Begin to hope” en una versión descarnada y conmovedora. El momento más alto del show bajo cualquier concepto, al punto que todo lo que siguió a partir de allí buen pudo haberse obviado. Porque siguió hasta el final sola en el piano haciendo bellezas como “Human of the year”, pero nada iba a igualar a aquel instante. Durante ese tramo un asistente la acercó una silla de madera, y con la mano izquierda sobre el piano y con la derecha golpeando la silla con un palillo de batería, hizo “Poor little rich boy”, como una Rick Wackeman que en lugar de moogs y sintetizadores, repartía sus brazos entre el piano y la percusión. Por último se despidió con la intensa “Man of thousand faces”.
Quedaban los bises, y en el primero de ellos, Regina me regaló el “Samson” que yo había ido a buscar. A mí no me importaba nada de lo que ocurría en el resto del teatro, si había más gente o no. Ella cantaba para mí, el resto podía no existir o efectivamente no existió, no estoy seguro. Solo faltaban el whisky y el habano. El “Us” que siguió fue una excusa, y el “Fidelity” un final alegre, como para irse a casa con una sonrisa placentera. El de anoche fue un gran debut en Buenos Aires de una artista completa, compleja y madura, pero que encuentra su mejor definición en un único adjetivo: Regina Spektor es adorable. Segunda noche del Hernán Fest. El sábado le toca a Spinetta.

jueves, 7 de octubre de 2010

Pixies en el Luna Park

Existe un famoso bootleg de Frank Black de los años ‘92/’93 titulado “The dream is over”. Así el compositor de Boston hacía propia la frase con la que Lennon sentenciara a los Beatles y a la década del ’60 toda, para despedirse de los Pixies. Pero a diferencia del espíritu sesentista, el devenir de su legado tuvo un destino diferente. “Nevermind” mediante, aquellas canciones cobraron una dimensión extraordinaria; la palabra alternativo se volvió un tag con valor agregado y el indie se convirtió en un estilo musical tan abarcativo y ecléctico como la mismísima definición de rock. Y por esos años todos los caminos empezaron a converger hacia Pixies. El inquieto Francis trabajó con The Catholics, fue solista, hizo música de películas, se volvió intimista con “Honeycomb”, produjo discos (lo último, el reciente trabajo de Pete Yorn, que después de la dupla con Scarlett Johanson y el low-fi de “Back and four” volvió al sonido guitarrero de sus mejores discos), y también devolvió a los Pixies a la vida. Acá en Argentina, esa historia está construida a fuerza de cassetes vírgenes, de recomendaciones entre amigos, como un secreto que fue ganando oídos adeptos, y finalmente esa banda que en su apogeo hubiese estado para un Obras, anoche debutó por estas tierras ante un Luna Park repleto. El único antecedente al que se podía recurrir era el show de Kim Deal y sus Breeders, allá por 2003 en La Trastienda, y del cual, quienes tuvieron la suerte de presenciar contaron maravillas, pero poco más.
Lamentablemente no llegué a ver a El otro Yo, que arrancó demasiado temprano, y que por una vez demostraba que cuando se quiere, se puede ser coherente con la elección de los teloneros. Aunque afuera me lo crucé a Walas, y la verdad que tampoco hubiese estado mal que Masacre hubiese tenido la oportunidad. Pero dejo de lado los aperitivos, porque la noche era toda de Pixies. Y de entrada nomás me tomaron por sorpresa. Porque yo venía siguiendo los setlist y me había resignado a quedarme sin “Bone machine”, y los tipos me lo tiran por la cabeza como el primer mazazo. Primero de muchos, porque seguidito vino un tandem punk demoledor (“Broken face” y “Somethings against you”), y después a cantar con “Holidays song” y “Nimrod’s son” (otra a la que me había resignado a no escuchar anoche). Arriba del escenario, Pixies es pura humildad. Nada de poses roqueras. Frank Black se arregla la camisa y afina la guitarra entre tema y tema; Kim es la que se dedica a entablar algún diálogo con el público. La escenografía no es más que cinco globos de papel que cuelgan del techo y un cortinado semitransparente en donde rebotan las luces y los flashes. Indie al 100%.
Si hasta ahí la cosa prometía e iba tomando temperatura, lo que siguió es muy difícil de contar. El riff de “Debaser” coreado por la gente dio inicio a leit motiv de la gira: celebrar los 20 años de “Doolittle”. Entonces ya no hubo sorpresas, porque más allá de alguno que dejaron de lado (“Dead”, “There goes my gun”) los temas fueron pasando de a uno y en fila. Los picos fueron previsibles: “Wave of mutilation”, los saltos y los coros en “Here´s come the man”, al que pegaron “Monkey go to heaven”, y la monada en su propio cielo. Se intentó seguir los cambios de clima de “Mr. Grieves”, y se silbó “La la love you” (alguna vez se pronunció un “i love you” de manera más desangelada que Kim en esa canción?). El final prolongado y denso de “Nº 13 baby” se volvió hipnótico, y como en el disco, la cosa se cerró con el potentísimo “Gouge away”.
Bien, a esa hora con “Doolittle” liquidado solo quedaba por esperar con qué hits se despedían, y ahí nomás arrancaron con “Velouria” y “Dig of fire”. Un cover de Neil Young (“Winterlong”) los sacó del libreto, y volvieron a la carga con “Caribou” y “U-mass”. Cuando empezó "La isla de encanta" el pogo fue descomunal. Y acá las quejas no son de los vecinos sino de los huesos de algunos que ya están grandes para poguear, pero que están dispuestos a sacrificar hasta la última de sus articulaciones. Y yo me acuerdo que la primera vez que escuché este tema, me dije que era ideal para que lo cante Luca. Y juro que sonaba el TDK en el walkman y yo imaginaba la pronunciación del pelado (del otro pelado, del nuestro) diciendo "donde no hay sufremento". Y después fue "Vamos"; la guitarra de Santiago perfora los tímpanos y todo el mundo sigue extasiado hasta que caemos que los tipos se acababan de descolgar los instrumentos y emprendían la salida del escenario.
Pero volvieron. Y el aullido de Kim anticipó en inicio de "Where is my mind?", y el nombre del tema era una pregunta para la que, a esa hora nadie tenía respuesta. Denso, conmovedor, irrepetible. Y para terminar, los Pixies le arrebatan el molde de componer canciones que Cobain les había afanado y nos ponen los pelos de punta con un "Gigantic" tan poderoso, tan imposible de explicar con palabras, que nos deja afónicos repitiendo el "gigantic...gigantic" junto a Francis, que inexplicablemente a esa altura del show, todavía tenía voz. Y yo impregnado de espíritu adolescente decidí en ese momento que a la salida me iba a hacer de una remera con la fecha estampada en la espalda. Una hora y media intensísima, sin descanso. Era el final, eran los saludos. Casi que nadie pedía más y tuvo que ser David Loverling el que levantando su índice insinuó que podía haber una más. Que fueron dos. Primero la versión UK Surf de "Wave of mutilation", y después un “Planet of sound” que nos quitó el poco aire que quedaba. Salí atontado, con el bajo de Kim Deal retumbando en mi cabeza, cosa que permanecerá por días y días y días. Adónde fuiste? A ver a los Pixies fui. Y la de anoche fue la primera escala de esta especie de Hernan Fest que me armé con 5 shows en una semana. Ahora tengo que cambiar el modo Pixies al modo Regina Spektor, que es como pretender bajar la euforia de un éxtasis con un té de tilo. Me quedan algunas horas para intentarlo.

domingo, 8 de agosto de 2010

Adrian Belew en Estudio Samsung

Lindo lugar Studio Samsung para ver al trío de Adrian Belew. Por la mística Piazzoleana del lugar, por el excelente sonido que se consigue en la sala y por la comodidad para ver a tamaños músicos a pocos metros de distancia. Desde que Adrian Belew salió al ruedo con este trío me entusiasmó. “Side one”, de 2005 resultó un disco arrollador y aunque los siguientes perdían algo de fuerza al volverse muy experimentales por momentos, las grabaciones eran una excusa: Belew armó la banda para salir a tocar en vivo. Y eso es lo que fui a ver anoche.
El comienzo del show se demoró algo más de media hora y cuando algunos empezaban a impacientarse se empezó a escuchar a The Beatles y su “Because”. “Because the world is round it turns me on…” decían los de Liverpool, pero no sería el mundo lo único que me iba a dar vuelta la cabeza anoche. Porque ni bien los músicos subieron al escenario y después de un breve saludo arrancaron con “Writing on th wall”, me di cuenta que estaba frente a algo grande. Muy grande. Siguieron con “Ampersand” y cuando no terminábamos de acomodarnos, Belew arrancó con el riff de “Dinosaur”, primera cita al gigante King Crimson, y justamente con un tema salido de “THRAK”, aquel disco del ’95 que la banda pariera en Argentina.
El trío es compacto y poderoso. No da lugar a respiro. Julie Slick (a la que podríamos sumar a Tal Wikenfeld en un grupo de bajistas veinteañeras talentosas que acompañan a grandes guitarristas) es precisa y contundente, y Marco Minnermann se acopla a la perfección y hace que no solo no extrañemos a Eric, hermano de Julie que integró la banda hasta “Side four”, sino que además deja bien en claro que Adrian Belew no se equivoca al considerarlo uno de los mejores bateristas del mundo. Y Adrian Belew, quien no es precisamente un cultor del alto perfil, y que en este formato en el que podría jugar ser un “guitar hero”, se luce sin abandonar su humildad. Toca partes increíbles y mira al público riéndose, como si fuese un aprendiz de guitarra que le dice a la gente y a sí mismo: Vieron lo que me salió?. Los músicos se miran y se hablan todo el show, los gestos y las miradas revelan una complicidad que evidentemente es fundamental para resultado final. Arriba del escenario la pasan de maravillas y se nota. Y abajo, ni les cuento.
El show tiene como molde la performance grabada en el vivo “Side four”, pero guarda lugar para un par de perlas extras: el rescate de “Futurevision”, del disco “Here”, lo último que grabara Adrian antes de la reunión de Crimson en el ’95, y (si de KC se trata) una demoledora versión de “Neurótica”, del disco “Beat” (1982). “Beat box guitar” y “A little madness” son momentos memorables. Se luce Julie Slick y después queda solo Adrian Belew para “Drive”, en donde hace sonar su guitarra de todas las maneras posibles, intercambiando climas y texturas, con la conocida cita a “Within you, without you” de The Beatles. Marco Minnermann descolla en un solo de batería que es un compendio de efectividad, talento y circo, porque además de la notable demostración solista, no se priva de jugar con sus tambores haciéndoles sonar la tradicional “La cucaracha”, y sobre el final del solo sus dedos y palillos hacen un auténtico show de malabarismo. El final llega con “E” tema de su último álbum del mismo nombre, y que se editó el año pasado.
Los bises son un regalo para los fans. La primera vuelta al escenario es con nada menos que “Three of a perfect pair”, del disco homónimo de Crimson de 1984. Y cuando parece que ese fue el final definitivo y algunas luces del Samsung empiezan a encenderse, el trío vuelve y nos quita todo el aliento que nos podía quedar: “Thela hun ginjeet” de “Discipline”. Sin palabras. El que se lo perdió se embroma. Como si te pasaran veinte camiones por encima. Como para que a nadie le queden ganas de pedir más.
Y como entre mis deudas musicales se incluye haber dejado pasar a King Crimson en Argentina, yo voy armándome a la banda a la manera de un rompecabezas. Primero fue Fripp con G3 (aunque ese día Robert estaba más perdido que Luis Majul en congreso de periodismo), después Levin y Mastelotto, y ahora Belew. Algo es algo, me digo para conformarme, pero no pierdo la esperanza. Y si me abrazo a alguna pista dejada por Adrian en los reportajes que dio en estos días, tal vez algún día me pueda dar el gusto.

domingo, 4 de julio de 2010

Divididos en el Luna Park

En una de las tantas publicidades mundialistas, de esas en las que se pretende rescatar la argentinidad desde las características más insólitas y que por al menos tres minutos casi consiguen hacernos sentir los mejores del mundo, se mostraba a europeos sorprendidos porque ante una derrota deportiva los argentinos nos afligimos a tal punto de no salir a bares, a boliches, a cualquier tipo de reunión. A pocas horas de la derrota frente Alemania, Divididos tocaba en el Luna Park. Y ya se sabe: la publicidad miente, y si encima la publicidad es de algún integrante del grupo Clarín, miente dos veces. Porque lo que se vivió anoche en el Luna Park fue una auténtica fiesta. Y en un día en donde las penas nuestras eran de las grandes y las vaquitas parecían más ajenas que nunca, Divididos nos demostró que hay muchas cosas más que nos unen a los argentinos la margen del futbol: la música esencialmente, pero también la tierra, la cultura, la gente.
Fue una noche en la que Divididos reservó su versión aplanadora para el arranque y cierra del show, porque buena parte del recorrido estuvo cargado de sonidos folklóricos, de instantes mágicos, de bombos y vientos milenarios que subían y bajaban del escenario e impregnaban de una intensidad mística cada una de las canciones que la voz de Mollo cantaba al unísono con miles de gargantas. El arranque fue pura energía extraída de “Amapola del ‘66”: “Hombre en U”, “Buscado un ángel”, “Mantecoso” y “Muerto a laburar”. La puesta lumínica fue soberbia. Detrás del escenario giraba un molino que parecía disparar miles de haces multicolores que se aunaban con la música de manera efectiva. Detrás de los platillos, los brazos de Catriel parecían multiplicarse convirtiéndolo en un auténtico (perdón) pulpo. Pero bastó que Mollo y Arnedo tomen asiento y el pulso de la batería marque el inicio de “Vientito de Tucumán” para empezar a entender cual sería el clima en que se enmarcaría el concierto a partir de allí. Le siguió una versión de “Par mil” a la cual la electricidad hizo estremecedora.
Cuando Arnedo se aprestaba para su “Avanzando retroceden” se produjo la única referencia al Mundial de futbol: algunos cantos por Maradona y gritos tibios incitando a saltar al que no sea alemán y que Diego pretendió calmar haciendo un reconocimiento al rendimiento futbolístico de los teutones que a la gente pareció no convencerla del todo. Eso sí, cuando en la noche los “Ole, ole, ole, Diego, Diego” volvieron a escucharse, tuvieron al bajista por exclusivo destinatario. Todo ese tramo del concierto tuvo por condimento el permanente auxilio de invitados que tiñeron las canciones de la atmósfera exacta que Divididos pretendía. Quenas, charangos, cajas, los celebrados Juan Saavedra y Sandra Farías con sus bombos y sus bailes, y especialmente Micaela Chauque que con sus vientos y su voz proveniente de las mismísimas entrañas de la puna fueron los artífices para que el Luna Park haga honor a su nombre y sea un auténtico parque de luna. Fuero los momentos de las imágenes de Tilcara, de “Guanuqueando”, de un “Que ves” convertido en un reggae norteño, del tránsito por los senderos de Jujuy, de la chacarera “La flor azul”, de la potencia del trío conviviendo con los sonidos de la tierra, del pedido por la reforma a la Ley de Minería, de “Crisófolo Cacarnú”, y con dos momentos culminantes: la voz dramática y urgente de Ruben Patagonia, y el ingreso de Fortunato Ramos con su erque para “Mañana en el abasto”, mientras Micaela Chauque improvisaba bagualas citando a Dividos, al Luna Park y a una noche que a esa altura era inolvidable.
Luego de tocar “Todos” en homenaje a las víctimas del Colegio Ecos en el accidente de Santa Fe mientras se proyectaba el video en el que participaron Leon Gieco, Gaston Pauls, Ernestina Pais y Luis Alberto Spinetta entre otros, fue el turno de “El perro funk”, con la presencia de Coco, el perro labrador de Mollo sobre el escenario y que devuelve el sonido de Divididos a los tiempos del recordado “Acariciando lo áspero”. A continuación fue el turno de “Sucio y desprolijo” con el lógico recuerdo de Pappo y un final a toda adrenalina: “Rasputin”, “El 38” y “Ala delta”, esta última precedida por una improvisación de Arnedo en el bajo, mientras cambiaban el parche del bombo en la batería de Catriel Ciavarella. Pero había lugar a más sorpresas e invitados. Ciro Fogliatta en el Hammond y una auténtica selección de voces femeninas (Isabel de Sebastián, Fabiana Cantilo, Hilda Lizarazu y Claudia Puyo) se sumaron al trío para el cover de “With a little help from my friends” en el formato que Joe Cocker inmortalizara en Woodstock. Mas allá de la pelea de mis oídos con la pronunciación que tiene Ricardo Mollo del ingles, la versión fue un gran acierto de Divididos.
Para la despedida quedó “Amapola del ‘66” con el “ponte de pie” con dedicatoria especial a Gustavo Cerati y que terminó con Mollo y Arnedo descolgándose los instrumentos y un escenario ocupado por siete bombos y un siku. Habían pasado casi tres horas, pero el destino nos tenía reservado un plus: la presencia de Roberto Pettinato dio lugar a una furiosa versión de “Next week” para un final apoteósico, en el que las ganas de Petti, Arnedo y Catriel hicieron interminable. Después fue el turno de los saludos de rigor, y mientras las luces del estadio se iban encendiendo de poco, en la lenta salida nadie parecía acordarse del partido de la tarde. Hoy, con los titulares de los diarios y los análisis de la TV devolviéndome a la decepcionante realidad futbolística, me pregunto cómo hubiese resultado el show de anoche con la secuela de un final inverso. Y con el temor de que una eventual y desmedida euforia mundialista hubiese conspirado con el clima del recital de Divididos, en voz baja me autoconvenzo y hasta consigo encontrarle al 4 a 0 un único saldo positivo.

domingo, 20 de junio de 2010

El Cuarteto de Nos en el Luna Park

“Ustedes saben: a veces raros, a veces bipolares”. La voz de Roberto Musso jugando con los títulos de los dos últimos trabajos de El Cuarteto de Nos se parece tanto a un diagnóstico como a una confesión. Promediaba el show de El Cuarteto anoche en el Luna Park y quedaba más a la vista que nunca que con estos uruguayos nunca se sabe cuando hablan en joda y cuando lo hacen en serio. Y ese atributo que los distingue y vuelve un caso único en la escena rioplatense consiguió sostenerse a lo largo de un show en el cual, además, hubo mucha, pero muchísima energía. Al margen de algún tibio intento de Arbol, hay que retrotraerse a los albores de la década del ’80 para encontrar antecedentes de quien se haya animado a hacer de la ironía y el humor la columna vertebral de un grupo de rock. Y tampoco los ejemplos abundan: “pipo” Cipolatti con Los Twist, los delirantes monólogos entre canciones de Luca Prodan con Sumo, y algunos buenos momentos de Miguel Zavaleta con Sueter, y no mucho más. Porque claro, se trata de inteligencia, y ejemplos como aquel bizarro “Disco gay” de Autobus no cuentan en esta historia. Y precisamente es esa década en la que El Cuarteto comienza su recorrido que ha mantenido ese espíritu mordaz y divertido, pero que desde hace unos pocos años ha tomado trascendencia masiva fuera de las fronteras de su país.
El show había abierto con “Mirenme” (con el peyote Fernando Santullo en voz, quien además había hecho las veces de artista invitado en la apertura) y una irresistible triada extraída de “Raro”: “Ya no sé qué hacer conmigo”, “Nada es gratis en la vida” y “Así soy yo”. La escenografía incluía dos grandes pantallas de leds sobre los laterales el escenario, y el logo recortado de “Bipolar” en donde se proyectaban imágenes que deformaban la palabra, la volvían pista de recorridos lumínicos o ejercicios geométricos que bien podrían remitir a Kandinsky. La gente siguió cada una de las letras de las canciones con la dificultad lógica que significa recordar palabras y frases complejas y delirantes, pero no dejó de saltar y guardó pulmones para cantar cada estribillo. A diferencia de otras veces que los había visto en vivo, esta vez sonaron mucho más prolijos y por momentos prodigaron una fuerza arrolladora. La formación de la banda incluyó a Gustavo Antuña en guitarra (quien reemplazo a Ricardo Musso después de la grabación de “Bipolar”, y a Santiago Maerro en los teclados.
Las canciones en primera persona bien podrían ser auto referenciales y consiguen que el público se identifique absolutamente con algunas de sus sentencias: “Mi lista es mi tratamiento en épocas de abatimiento es mi escondite y mi aliento frente al padecimiento Es mi primer y único mandamiento, es un documento y en ella están los nombres causantes de mi sufrimiento” (Mi lista negra); “Ya fui ético, y fui errático, ya fui escéptico y fui fanático ya fui abúlico, fui metódico, ya fui impúdico y fui caótico” (Ya no sé qué hacer conmigo) o “Si tengo vergüenza me sube el color rojo, aunque yo ya no me mojo si me ataca algún miedo, no profeso ningún credo ni me creo ningún macho, alcohólico no soy, pero a veces me emborracho” (Breve descripción de mi persona). El absurdo y la rima transitan momentos sublimes a lo largo de la noche. Las más crueles paradojas del sentido común quedan expuestas en carne viva. En el escenario el espíritu de Zappa se cruza con un flow digno del mejor rapero, y la banda se dispara hacia el público con actitud punk. No faltaron los diálogos ridículos que incluyeron citas a un curso de budismo zen (zencillo, zencible y zensacional), un sueño con una Kyle Minogue insatisfecha; ni los mejores deseos para las selecciones de Argentina y Uruguay en su competencia mundialista. Hubo saltos al pasado (“Solo un rumor”), inocencia naif (“Primavera”, con Santiago Tavella en voz), pop bailable (“Doble identidad”) y alaridos rebeldes (“El hijo de Hernandez”, con otro ex-Peyote Asesino, Juan Campodónico). El calendario hizo un doble aporte: “Pobre papá” tuvo un significado mayor en la previa al Dia del Padre, y el aniversario del nacimiento de Artigas resultó la perfecta excusa para “El día que Artigas se emborrachó”. Pasó “No quiero ser normal”, que en su declamado odio a la navidad bien podría ser un antecedente de la Violencia Rivas de Capusotto y el final llegó de la mano del desaforado “Miguel gritar” e “Invierno del ‘92” con el Luna Park incendiado.
Para los bises Alvaro Pintos tuvo su momento en “Yo soy Alvin, el batero” para exponer el cruel destino de los bateristas a la hora de la popularidad en las bandas de rock ( Yo soy Alvin el batero, ya me vuelvo a mi lugar, como todo buen golero, siempre solo siempre atrás). Y después fue el turno del recuperado himno narcisista y ególatra “Me amo”, más la lisérgica acumulación de rimas de “Yendo a la casa de Damián”, con Juan Campodónico otra vez sobre el escenario.
Al margen de las populares cubiertas por enormes telones oscuros, el Luna Park de El Cuarteto de Nos fue otro salto hacia delante en el crecimiento de su popularidad por estas tierras. Aprovechando los enviones de La Vela Puerca y No te va Gustar, y la masividad de su presentación en una de las noches del Bicentenario, pero sosteniéndose en una trayectoria de veinticinco años y con su inconfundible identidad ácida como bandera.

viernes, 4 de junio de 2010

Madeleine Peyroux en el Teatro Gran Rex

A pesar de no estar repleto ni mucho menos, el teatro Gran Rex presentaba anoche un excelente aspecto y un público ansioso por escuchar a una de las voces más particulares surgidas en los últimos 15 años. Yo venía de una isla de luz en medio del apagón porteño y en el escenario del Gran Rex me encontré con una voz que podía brillar más que todas las luces de la avenida Corrientes, y que sin embargo miraba hacia la platea sorprendida, como si se considerase indigna de tanta admiración.
Pura sencillez y humildad, así es Madeleine Peyroux. Y desde la apertura del show se notó que la noche no tenía una sola protagonista sino que además se presentaba una banda que no iba a pasar inadvertida. Madeleine presentó a sus músicos durante el primer tema y a lo largo del show acompañó con gesto cómplice casa participación solista. Quienes la escoltaron anoche fueron Barak Mori es un bajo eléctrico y contrabajo, Darren Beckett en batería, Ron Miles en trompeta, Gary Versace en teclados y Jon Herington en guitarra eléctrica. Entre todos forman un conjunto sobre la cual Madeleine puede desplegar cada una de sus virtudes con el ambiente perfecto para la ocasión.
Si bien la gira tiene como centro la presentación de “Bare bones”, su trabajo de 2009, el recorrido del repertorio transita por toda su discografía, y hasta se da el gusto de estrenar un par de canciones, entre ellas, la musicalización de un poema de Woody Guthrie. A Madeleine le gusta hablar con su público. Se esfuerza denodadamente para que su español resulte comprensible, aunque la gente le entienda perfectamente en su inglés. Habla de Buenos Aires, de su primera visita y su deslumbramiento con el tango, de los folletos turísticos que invitan a disfrutar de la ciudad; y esa palabra (disfrutar) tal vez por su sonoridad o vaya a saber uno qué tipo de asociación libre la vuelve particularmente hilarante.
La particular voz de Madeleine y el modo que mereció los muchos comparativos con Billie Holiday se luce muchísimo mejor en los temas más jazzeros que en las canciones más cercanas al folk. De todas maneras la cadencia que Madeleine le imprime a las melodías permite hallar su sello en cada una de sus intervenciones. Entre los momentos más destacables de un show compacto, la versión de “La javanese” con los músicos invocando las calles de París mientras rodean a la cantante, es lo más destacable. En “Instead” se luce el slide de Herington, y cuando Gary Versace se arrima a su Hammond, la cadencia soul en el sonido le entrega al recital un clima intenso y atrapante. Leonard Cohen es rescatado en dos oportunidades. Primero en “Half the perfect world” y después en la celebrada “Dance me to the end of love”. “Homless happines” conmueve, “To love you all over again” es cariñosa y optimista. Madeleine consiente a sus músicos, los anima en los solos, responde con sonrisas a las exclamaciones aduladoras del público. “Bare bones” es su primer trabajo compuesto íntegramente por temas propios y las letras de las canciones están repletas de referencias autobiográficas. Entonces Madeleine aprovecha los silencios entre canciones para relatar sobre el motivo que inspira cada letra: el amor, la naturaleza, su ciudad adoptiva (New York) y sobre la de su padre (Nueva Orleans), y de cómo aquel le transmitió la pasión por la música y la bebida (no sé cuál de los dos fue primero, confió), y su simpatía consigue que ninguna de las intervenciones resulté monótona ni innecesaria.
El final llega con una nueva presentación de la banda sobre los acordes de “Bare bones”, y un posterior regreso al escenario para despedirse con “This is heaven to me”, último tema del álbum “Careless love” (2004) y que también sirve como cierre para el concierto. Breve pero consistente paso de Madeleine Peyroux por Buenos Aires, dejando a su paso el timbre inconfundible de su voz, la belleza de sus canciones, pero además rasgos de buen humor, calidez, y una complicidad que invita a pensar en un regreso no muy lejano en el tiempo.

domingo, 30 de mayo de 2010

Cat Power en el Teatro Coliseo

No existía mejor programa para el interminable sábado de lluvia de Buenos Aires que concurrir a un encuentro con Cat Power al Teatro a presenciar su tercera visita la Argentina. La segunda bastante seguida en estos tiempos de reencuentros con los covers, y con lo mejor de ella misma. Sin nuevo trabajo desde aquel show del Gran Rex, no podía esperar grandes novedades respecto al repertorio (más allá de algún estreno, ya que anuncia nuevo disco para este año), pero sí tener la certeza de que aquella intensidad conmovedora, tendría en un teatro algo más chico como el Coliseo, una versión más íntima y acogedora.
La apertura estuvo a cargo de Loli Molina, quien sola con su guitarra presentó temas de su disco “Los senderos amarillos”. Excelente elección para anticipar el clima de lo que llegaría más tarde. La voz de Loli y sus canciones se lucieron limpias y luminosas, en especial: “Si” y “Ricardito”.
El ingreso de Chan al escenario fue con “Don’t explain” y el hechizo fue inmediato. Su particular manera de abordar las canciones, imprimiéndoles un sello de tristeza, pero con mucho de ternura seduce desde cada una de sus palabras y cada uno de los delicados movimientos mientras transita tímida el escenario. Parece querer ocultarse de las luces en uno de los extremos, como si solo quisiese que el público se concentre en su voz, pero sabe perfectamente que el centro de la noche es ella, y va a sacar provecho a ese juego de doble interpretación. A ese inicio le siguieron “Dreams” de Fleetwood Mac y “Woman left lonely”, conocido en la voz de Janis Joplin. La banda es una versión reducida de la “Dirty Delta Blues Band” que la venía acompañando, lo cual le da al show un tono aún más íntimo que el esperado. Apenas un piano y una guitarra eléctrica, con alguna aparición esporádica de la batería, son los encargados de decorar con acordes la impronta de la voz de Chan Marshall en las melodías.
Si bien su último trabajo “Jukebox” y su correlato en el EP “Dark end of the streets” son el centro del concierto, esta vez hubo más lugar para escuchar más de sus propias canciones, con acento especial en el gran álbum que es “The Greatest” de 2006. De allí salieron el dueto “The greatest” y “Lived in Bars”. Hubo tiempo para abordar viejas versiones de su primer álbum de covers, como “Sea of love” y “I can’t get no (satisfaction)”, y para reencontrarse con la belleza de “Song to bobby” y el “Blue” de Joni Mitchell.
Dentro de lo que es un clima extremadamente uniforme, canciones como “Fortunate soon” o “Ramblin (wo)man” son las encargadas de levantar un poco el tono, mientras que la propia “Metal heart” se convierte en el punto más alto en cuando a calidez interpretativa . Todo en Cat Power es en apariencia frágil: su voz, su cuerpo, el abordaje sutil de las canciones, pero detrás de esa impresión, basta con detenerse en versos como “When I lay me down / Will you still be around / When they put me six feet underground / Will the big bad beautiful you be around” para comprender que nada de aquello es inocente. Y para comprobar la manera en que consigue su objetivo basta ver como durante “Dark end of the streets”, Chan desciende del escenario y camina entre la platea, mientras la gente solo atina a contemplarla hipnotizada. El final llega de la mano de “Angelitos negros” y otra vez, como en aquel Gran Rex de 2009, solo queda someterse ante semejante demostración de intensidad.
En el regreso para terminar el concierto, una vez más la gente se acerca al escenario a regalarle sus ramos de flores. La princesa indie tiene su momento de diva de Hollywood, se arrima a su público y se agacha a recibir cada una de las ofrendas. Después, el cierre y los bises serán todo de ella. Porque estuvieron a cargo de todos temas propios: “Where is my love” primero, el extraordinario “The moon”, y un final perfecto con “I don’t blame you” mientras Chan devuelve una a una las flores a su público que las recibe embelesado. La despedida es lenta, ella no se cansa de saludar y regalar leves reverencias a un público que la ama, y que con saludable asiduidad está acostumbrándose a su influjo y su encanto. Afuera el clima permanece intacto, pero nada permitirá que la fría lluvia nos prive del delicioso momento que una vez más hemos tenido el privilegio de atesorar.

jueves, 27 de mayo de 2010

ZZ Top en el Luna Park

La primera sorpresa que me llevé anoche en el Luna Park fue la cantidad de gente que había ido a ver a ZZ Top. Si bien la banda tiene sus seguidores en el país y su trayectoria la convierten en una experiencia digna de aprovechar, el precio de las entradas era inusualmente alto para un show de estadio. Tal es así, que exceptuando las cabeceras, el resto de las ubicaciones se ofrecían en boletería hasta el momento de inicio del show. Pero fue mucha, muchísima le gente que se acercó a último momento, y que salvo por algún claro en plateas, el Luna Park presentaba un imagen impactante.
A poco de volver a los estudios (su último disco en esa condición es “Mescalero” de 2003) ZZ Top apostó por un repaso parejo por toda su discografía y ya en el comienzo dejó en claro que no pensaban guardarse nada: “Got me under pressure”, “Waitin’ for the bus” y “Jesus just left Chicago”. Lo de los texanos es simple y directo: rock y el blues en estado salvaje. Los frontman nos regalan su característico paso de baile coordinado. Frank Beard marca el pulso y obliga a los pies a seguir su ritmo a lo largo de la noche. La voz gastada de Gibbons se contrapone con la limpieza de la de Hill, y cuando se unen en los estribillos forman un tandem insuperable. Billy Gibbons conoce y aplica todos los yeites del estilo, y sin bien nadie va a salir a pintar en las paredes “Billy Gibbons is God” (o sí, hay gente para todo), lo cierto es que exprime su Gibson al máximo. En esa sencillez de recursos es que ZZ Top consigue un efecto demoledor. El recital parece la banda de sonido de un viaje carretero que los muchachotes de pelo largo y cuero, que al dejar sus Harley en el estacionamiento la despidieron diciéndole “no te preocupes mi amor, vuelvo enseguida”, parecen disfrutar más que nadie. Con “I’m bad I’m nationwide” llega la primera arenga al público que responde cantando.
Se van sucediendo algunos momentos bizarros como la imagen de llaves francesas voladoras, que parecen salidas de la peor pesadilla de un mecánico automotor; o cuando Billy invita a una chica al escenario (en apariencia traductora) para participar de un diálogo en español acerca de un sombrero para tocar blues, que parece un sketch de Francella y Julieta Prandi, y en donde todo se concentra en el tono bobalicón y la anatomía de la tal Lucila. Allí comienza un set más blusero con versiones de “Future blues” de Willie Brown, y “Rock me baby” (lo cual lleva a suponer que el nombre de la señorita no había sido casual). Con “Cheap sunglasses” los anteojos de Dusty y Billy cobran sentido, y un Jimi Hendrix que se disuelve en rojo y negro, supervisa desde la pantalla la muy lograda versión de “Hey Joe”.
Sigue “Brown sugar”, que no es un cover de los Stones sino un tema propio de su primer albúm , en la naciente década del ’70; un jugueteo con el público con “My head’s in Mississippi”, y “Francine” Dusty Hill queda a cargo de la voz para un rock’n roll irresistible (“Party on the patio”) y el concierto empieza tomar temperatura. Pero cuando Gibbons cambia la guitarra y empieza a tocar el riff de “Just got paid”, lo que hasta ese momento era caliente, directamente empieza a arder. El dominio del slide es perfecto, Billy saca a relucir toda su autoridad y el show toma envión y un clima que no decaerá jamás. En ese tramo final, mientras la banda toca “Gimme all your living” y “Sharp dressed man”, en la pantalla empiezan a proyectarse aquellos videos fantásticos de los ’80 , con los tres ZZ Top viajando en el Ford’34 rojo en una expedición roquera y solidaria. Para el último tema, aparecen las mismísimas guitarras enfundadas en corderito del video de “Legs” y uno cree que a la fiesta no le falta ningún aditamento.
Los bises comienzan con un bombardeo de luces violetas y flashes. En la pantalla se empieza a ver una ruleta y el regreso al escenario es al grito de “Viva Las Vegas”, que la gente repite con entusiasmo. Ahora la guitarra y el bajo son verde fluo, y con ellos empiezan a sonar los acordes de “La grange”. Y allí sí el público se desata, la bada parece no querer dejar de tocar nunca. Brotan los trucos que faltaban (el cigarro encendido por un asistente y la botella de Jack Daniels deslizándose por la guitarra de Billy), y pegadito el otro gran hit de la banda “Tush” para poner broche de oro a un show de no mucho más de hora y media. De mi lado, puedo decir que me saqué un gusto, aunque salí rápido a buscar alivio de bicarbonato. Es cierto que la pretensión de no permitir fumar en un recital de rock es poco menos que incumplible, pero anoche mi garganta necesitaba el auxilio de civilidad rockera.

domingo, 23 de mayo de 2010

Catupecu Machu en el Luna Park

La última vez que había visto a Catupecu Machu sobre un escenario fue en la presentación de “El número imperfecto” en Obras. Pasó muchísimo tiempo y mucho agua bajo el puente para la banda. Ya en aquel tiempo su crecimiento era más que palpable. No solo en cuanto a popularidad sino en cuanto a calidad. Catupecu era (y sigue siendo) una de las pocas bandas inconformistas de la escena local, que cambia siempre, que nunca se repite, y que jamás se resigna a funcionar con piloto automático. Entre todo lo que pasó desde aquel show, obviamente el accidente de Gabriel Ruiz Diaz fue lo más trascendente. La angustia y las oraciones iniciales, pasaron a que la banda se concentre en un esfuerzo sobrehumano a evaporar con música aquella sombra omnipresente de Gabriel. Apareció “Laberintos…” como una mínima dosis de algo nuevo, pero esperaba ansioso lo nuevo de Catupecu para sentir que la banda había superado esa especie de duelo y había conseguido superar el trance sin perder identidad. “Simetría de Moebius” fue la respuesta perfecta. Un disco oscuro, denso, repleto de matices, y si se trata de buscar referencias solo se lo puede emparentar con “Cuadros dentro de cuadros”, aún forzando un poco las cosas.
Cuando escuché por primera vez “Simetría….” pensé en un disco conceptual. La idea me abandonó, pero la manera ordenada y precisa con la que Catupecu Machu lo presentó anoche me devolvió esa sensación. Porque la primera parte del show estuvo dedicada por completo al nuevo trabajo. Abrieron con “Confusión”, “Piano y RD”, y continuaron con el orden del disco, resignando en parte la sorpresa, pero entregándole a “Simetría de Moebius” un valor adicional. Las canciones en vivo suenan muy potentes, el sonido de la banda es compacto e intenso. Fernando empieza tocando el bajo y solo se desprende de él, para colgarse la guitarra acústica a partir de “Cosas de goces”; de la eléctrica ni noticias. Y en ese tramo, la gente canta las nuevas canciones una por una, aunque sin desbordes. Es cierto que el disco tiene bastante tiempo en la calle, pero no siempre un disco arriesgado consigue conquistar al público con unanimidad. Los fans de Catupecu no parecen asustarse ante las novedades. Y “Simetría…” sigue su recorrido hasta la nueva versión de “Batalla”, de lo mejor que ha hecho Catupecu Machu en cuanto a arreglos en toda su trayectoria. Y con Javier Weintraub en violín, y Roberto Pettinato en saxo, se despacharon con una versión en vivo a la altura de las pretensiones del estudio.
Después de “Batalla” llegó una lógica avalancha de hits. Empezó Fernando a capella con “Cuadro dentro de cuadros”, “Puedes” y “Persiana americana”, con aliento para Gustavo Cerati, consecuencia inevitable por estos días a partir de las noticias que llegan desde Caracas, pero que de parte de Catupecu no puede tomar a nadie por sorpresa. Luego una magnífica sesión de bajo y batería de Fernado y Herrlein, y las canciones más conocidas, que empezaron con “Oxido en el aire” y “Acaba el fin” (comienzo accidentado, porque se dañó una guitarra) de “El número imperfecto”. Las versiones no son idénticas a las originales, especialmente “Entero o a pedazos”. Pasan “Origen extremo”, “Plan B”, “Magia veneno” y queda tiempo para rescatar la versión de “Hechizo” que no venían tocando. Gradualmente Catupecu va recuperando su formato más conocido y a la altura de “Dale” parece una banda absolutamente distinta a la que comenzó el show. Claro que basta con ver rebotar las cabecitas en el campo para comprender que esta observación tiene poco sentido, y que solo se trata de energía rockera arriba y abajo del escenario. Allí sí vuelve a sentirse el aliento para Gabriel y el grito de Dale! es una especie de conjuro contra la fatalidad, que esta vez suma como destinatario nuevamente a Cerati. Luego fue el turno de “A veces vuelvo” y uno de los mejores riffs de la historia del rock de estas tierras, “Y lo que quiero es que pises sin el suelo”, orden que la gente se encarga de cumplir al pie de la letra. Pero como el sinfín de la cinta de Moebius, todo vuelve al principio, y el show cierra con “Abstracto”, el tema encargado de cerrar “Simetría…” y también el show de anoche. Después de más de horas contundentes, Catupecu dejó el escenario dejando en claro que eso de “Dejamos todo atrás / quedamos desenraízados /armarnos será nuevo / de nuevo aquí parados” es a esta altura de su carrera un auténtico y saludable manifiesto.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Roger Hodgson en el Teatro Gran Rex

Cuando supe que venía Roger Hodgson a actuar en el país, creo que lo que me motivó a sacar la entrada fue haber descubierto que en mi adolescencia pocos casetes se habían gastado más que “París” de Supertramp. Si hasta me acuerdo de haberlo comprados dos veces, porque el primero quedó olvidado en algún picnic de primavera. Y no muy distinto se deben haber sentido las más de tres mil personas que anoche colmaron el Teatro Gran Rex. La música de Roger Hodgson justifica por sí sola la existencia de las FMs de standards. Muchas de ellas deberían rendirle pleitesía, porque serían capaces de sobrevivir solamente con las composiciones de un artista, que aún cuando no se lo suela nombrar en los primeros lugares a la hora de fijar preferencias, se ha ganado un lugar indeleble en el inconsciente popular. Y por las dudas que a algún desubicado se le ocurra desmentirlo, los tres primeros tema del show fueron “Take a long way home”, “School”, y “Hide in your shell”
El escenario no tiene misterios; cuando el telón se abre los músicos ya están ubicados en sus lugares, en una especie de jardín de invierno con un piano de cola en el centro, que predice el tono familiar del show. Roger Hodgson es prolijo y minucioso por donde se lo mire, y hasta es posible pensar que la camisa blanca y el chaleco que lleva puestos, podrían colgarse en una percha al finalizar el recital y quedar aptos para el concierto siguiente. Pero tanta actitud low-fi de los músicos se contrapone con la euforia del público, que canta, aplaude y reverencia al inglés. Y es que basta con mirar cada uno de los rostros para comprender que este comportamiento se debe a que sobre el escenario se está escuchando la banda de sonido de buena parte de sus vidas. Porque en el bar en donde compartieron la primera merienda con la novia adolescente, seguro se escuchaba de fondo la voz de Hodgson, porque probablemente en el comercio en donde armaron ilusionados la lista de regalos de casamiento sonaba en una radio algún tema de Supertramp, y porque mientras contenían las lágrimas al abrochar el delantal de su hijo en el primer día de jardín de infantes, se hicieron las mismas preguntas sobre el devenir de la vida que Roger hizo poesía en “The logical song”.
Del concierto en sí, se puede decir que Roger Hodgosn descarta tomar algún tipo de riesgo y va a lo seguro. No solamente por la elección del repertorio, sino porque los arreglos son casi idénticos a los originales. Tiene a favor que su voz se mantiene intacta, incluso en esos agudos inconfundibles, como en el puente de “Dreamer” o el “Who I am” en el final de “The logical song”. Las lista de hits en interminable: “A soapbox Opera”, “Don’t leave me now” (estupendo Aaron McDonald en el saxo), “Breakfast in America” y “Lord is the mine” (presentada como su favorita del repertorio de Supertramp). Roger conversa largamente con el público entre tema y tema, y va rotando entre el teclado, la guitarra acústica y el piano de cola. Allí en donde se sienta por primera vez para rescatar la bellísima “Lovers in the wind”, de su primer disco solista, “In the eye of the storm”. La gente presa de un hechizo, silba inocente en “Easy does it”, el tema que abría el álbum “Crisis, what crisis?” de 1975. El clima de fogón se interrumpe con “Along come Mary” (de su último trabajo “Open the door”, 2000), y con un estreno, ambas canciones enmarcadas en la mejor tradición del folk británico. Todo se canta, todo se acompaña con palmas, con cada primer acorde, las miradas confluyen y se escuchan los “Uh! Te acordás de este tema?”. Es tanta la historia que no cabe en las dos horas de show, y Roger Hodgson se da el lujo de dejar afuera temas como “Goodbye stranger” o “In jeopardy”. Hacia el final la lejana voz de Churchill arengando a no rendirse jamás, preanuncia “Fool’s overture”, que nos trae al Supertramp más progresivo y el show consigue su pico desde lo musical.
Los bises empezaron con un no tan previsible “Child of vision”, y después todos de pie a aplaudir y cantar con “It’s raining again” y “Give a little bit”. Roger llama a toda la banda a saludar; la emoción perdura arriba y abajo del escenario. Yo me fui como un stupid little dreamer, con una sonrisa dibujada en la cara, con la satisfacción que solo pueden producir esas lindas canciones, y salí del Gran Rex, todavía tarareando “Oh It’s raining again, Oh no my love’s at an end” a caminar cuidadoso debajo de los techitos de Corrientes. Porque aunque el cielo lo desmienta, si el bueno de Roger Hodgson dice que llueve, yo por las dudas abro el paraguas.

sábado, 8 de mayo de 2010

Lendi Vexer en Liberarte

La avenida Corrientes en Buenos Aires puede resultar un recorrido placentero, pero se corre el riesgo de toparse con un Ricardo Fort gigante amenzando el buen gusto desde una marquesina. Entonces uno suele sentir la necesidad de huir inmediatamente y esto es algo que me sucedió a mí anoche. Y por suerte, después de esquivar a unas chicas jocosas de mameluco naranja invitando a un ejercicio de improvisación, y huyendo de esa imagen oprobiosa de la marquesina, descendí por una escalera, en cuyo final se abría una puerta, que como si se tratase de un relato fantástico de Bioy Casares, me transportó en tiempo y espacio al Bristol de quince años atrás. Allí, en un pequeño escenario rodeado de unas pocas mesas de madera tocaba Lendi Vexer, la banda argentina que mejor ha encarado el triphop por estas tierras, y aunque tal vez sea injusto con una transportación tan terminante, y pese a la lata de Quilmes al alcance de la mano lo desmienta, consigue hacernos sentir que estamos en otro sitio, bien lejos del ruido ensordecedor del centro porteño.
Lo de Lendi Vexer es delicioso en todo sentido. Construyen canciones melancólicas repletas de detalles sugestivos, en clima de misterio y melancolía, con melodías que desgarran, palabras que resultan desahogos confesionales, y un perfecto ensamble electrónico que los muestra dominadores absolutos del estilo y sus secretos. La voz de Natalie Naveira trasmite y mejora en vivo toda la calidez del estudio, y la presencia de una guitarra como tercer miembro le entrega a las versiones una contundencia que las amplía en su efecto letárgico y emotivo. Diego Guiñazú controla todo desde el bajo, el moog y las programaciones, sosteniendo con precisión los climas con loops hipnóticos y arreglos abundantes en detalles preciosos.
El breve show tiene un recorrido envolvente, que en espiral se va apropiando del espíritu del público y en su encanto lo baña de cada una de las sensaciones que la música pretende transmitir. En el universo de Lendi Vexer la cortesía resulta un exceso, la desilusión un proceso inevitable y la desolación es digna de tributo. Las canciones se suceden en medio de un mágico hilo conductor y la sumisión a su efecto seductor resulta inevitable. Solo por destacar como excusa podría nombrar temas como “Nothing was special”, “Suicidal adage” (en español) y el final con "That fish and the bait", pero todo el show sostiene un clima parejo, sin baches ni descuidos.
Afuera el ruido continúa y el mediático impresentable continúa brillado obseno sobre los letreros iluminados. Más que nunca subir los peldaños que me devuelven a la calle me entrega la sensación de estar saliendo lentamente de un refugio. Sin embargo en el regreso al ruido la música ha construido una especie de coraza que me vuelve inmune a los efectos de la estridencia. Me voy con las melodías y los sonidos guardados como el más secreto de los tesoros, y aunque el regreso a casa coincide con un compañero de viaje cuya interminable conversación por celular supera los límites del absurdo y lo redundante, Lendi Vexer continúa arrullando en mi cabeza y su espíritu intenso ha conseguido conquistar la noche de un Viernes que no prometía más que frío y dejadez.

domingo, 11 de abril de 2010

Placebo en el Estadio Islas Malvinas

Me había perdido las dos visitas anteriores de Placebo al país, era una deuda pendiente, porque (youtube mediante) siempre fue una banda de la cual tenía las mejores expectativas de su performance en vivo. Inicialmente el show iba a ser en GEBA, pero a último momento se cambió por el menos pretencioso (en cuanto a capacidad) estadio Islas Malvinas. Cosa curiosa: banda británica tocando en un estadio con ese nombre un 10 de Abril, 28º aniversario de la plaza de Galtieri y aquel nefasto “si quieren venir, que vengan….” Pero claro, nadie repara en esta curiosidad, de hecho la mayoría del público ni siquiera había nacido por esos días. Y si se trata de curiosidades, no deja de ser otra que quien actúe como telonero de Placebo sea el mismo baterista de la banda, (Steven Forrest, ex miembro de Evaline, quien en 2008 reemplazó a Steve Hewitt), con un set acústico de media hora con interesantes canciones y una voz más que emotiva.
El show tuvo un comienzo accidentado, porque después de la introducción con un video de un sol eclipsado, la banda salió a escena y sufrió un corte de sonido a los pocos segundos, lo cual obligó a reiniciar equipos y demorar el inicio unos minutos. Después sí, Brian Molko (de pantalón blanco ajustado y camisa negra) y los suyos largaron el show con "For What It's Worth" y “Ashtray Heart”, ambas del último disco. La segunda canción, además, coincide con el primer nombre de la banda en sus comienzos, allá por los años ‘94 y ’95. Cuando escuché “Battle for the sun” por primera vez me dejó una sensación extraña. Placebo venía de presentar con “Meds” su trabajo más oscuro, y el nuevo álbum resultaba la exacta contracara de aquel. Si bien los temas no estaban mal, había algo que no me terminaba de convencer, idea que quedó relegada fuerza de escuchas, y que se esfumó definitivamente anoche cuando escuché las canciones de “Battle for the sun” en sus versiones en vivo. El tercer tema fue precisamente el que le da nombre al disco y se convirtió en el primero de los muchos momentos memorables que se vivieron anoche en La Paternal.
Placebo funciona como trío solo para la foto. Sobre el escenario son seis músicos, además de Brian Molko (guitarra y voz), Stefan Olsdal (guitarra y a veces bajo) y Steven Forrest (batería), hay un tecladista que a veces es también bajista, un tercer guitarrista/bajista, y una dama encargada del violín y más teclados. Pero son Oldsal y especialmente Molko los que llevan el peso del show. La voz de Brian se oyó limpia, por encima de un sonido sobrecargado de guitarras, que bien podría haber conspirado contra la misma y es el sello indudable de la banda. Además como líder es quien se comunica con el público y tiene la particularidad de no tocar dos temas seguidos con la misma guitarra. El set de la banda se viene repitiendo desde el comienzo de la gira y eso le entrega al show coherencia y contundencia extraordinaria. La electricidad y potencia son interrumpidas con tramos más densos e hipnóticos, siempre con “Battle for the sun” como columna vertebral del show.
En ese primer tramo hubo momentos para todos los gustos, y se destacaron “Breathe underwater”, “The never ending why”, y la triada de clásicos: “Follow the cops back home”, “Every oyu, every me” y “Special needs”. Placebo sencillamente arrasa. El público participa, salta a veces, pero sin euforia. La gente se mantiene como fascinada, impávida ante la extraordinaria energía de la banda. Hay alusiones expresas a las drogas (“Julien”), y más descargas eléctricas (“Meds”). Placebo sigue cautivando y arrollando por dosis iguales; supera los inconvenientes técnicos con profesionalismo, porque además del fallido arranque, la pantalla que cubría el fondo del escenario dejó de funcionar por dos o tres temas. Por suerte lo sí funcionó a pleno fue el impactante set de luces, hechizante e intenso a veces, un bombardeo lisérgico otras. Y es hacia el final cuando la catarata de hits termina por justificar el calificativo de grandioso para el show. Porque “Song to say goodbye”, “Special K” y la formidable “The bitter end” cierran un show nada amargo y a pura adrenalina.
Los bises, después de la proyección de un repetitivo video de una bailarina girando como muñeca de cajita musical, fueron otra muestra de la mejor versión de la banda: “Trigger happy” (un estreno de la gira), y dos descargas explosivas de furiosa densidad eléctrica: “Infra-Red” y “Taste in men”. Con tres visitas en cinco años, Placebo parece haberse convertido en esas bandas extranjeras que juegan de local en estas tierras, aunque en este caso, después del Luna Park y el Club Ciudad, apenas fuimos poco más de cinco mil los que pudimos disfrutarla.

sábado, 20 de marzo de 2010

Charly Garcia en el Luna Park

Después del regreso en Velez con aquella tremenda carga de emociones y recuerdos, con la tormenta entregándole el marco épico a un regreso en el que muy pocos creían, me preguntaba qué es lo que yo esperaba de este segundo encuentro con Charly García. Porque ahora sabía de lo que había sido capaz, de ese milagro que había sucedido ante mis ojos incrédulos, con las mejillas pobladas de lágrimas y gotas de lluvia, en aquella noche de resurrección y desafío a la naturaleza en todos sus preceptos. Entonces decidí ir al Luna Park intentando borrar todas esas imágenes y olvidarme de la historia reciente para ver a un artista en actividad. Al fin y al cabo, los ecos de los conciertos en Mar del Plata y Cosquín rock justificaban hacerlo de esta manera. Pero claro, se trata de Charly García y él siempre es capaz de doblar la apuesta.
Si bien el orden fue distinto (abrió con “Demoliendo hoteles”, “Promesas sobre el bidet” y “Rap del exilio”, todas de Piano bar) la elección de los temas fue básicamente la misma. Lo mejor de su carrera solista interpretado por una banda ajustadísima hasta la perfección, condición que, a decir verdad, Charly no perdió aun en sus peores días. Pero si aquella noche tormentosa del 23 de Octubre Charly García nos había sorprendido por su estado, lo de esta serie de conciertos es sencillamente conmovedor. De a poco se va soltando, ya sus pasos no son tan medidos ni meditados, el recorrido entre el taburete frente al piano y el micrófono en el centro del escenario es más seguro y decidido. Pero además sus manos se van amigando con las teclas del piano, su voz suena cada vez más limpia, tal vez el aspecto de su recuperación en el que yo menos esperaba cambios sustanciales. Es un placer disfrutar de la voz de Hilda Lizarazu haciendo coros y agregando matices, sin la obligación de andar reparando o completando las palabras olvidadas e ininteligibles de García. Y esa banda de apoyo (la misma del regreso, los tres chilenos, el “negro” García Lopez y Von Quitiero, además de Hilda) hace que todo resulte más fácil para Charly. Juntos consiguen pasajes poderosísimos (“El amor espera”, “Nos siguen pegando abajo”), pero alcanzan su mejor momento en climas de intensidad pasmosa como “Yendo de la cama al living”, “Adela en el carrousell” y en el final de “Llorando en el espejo”.
Esta vez sí se pudo disfrutar de la soberbia puesta en escena de Pichón Baldinú, y el inició se produjo cuando cayó el telón gigante que cubría el escenario y los músicos se iban arrancando los trajes plateados en donde estaban envueltos. Se pudo ver a Charly cantar “No soy un extraño” mientras se eleva sentado sobre una especie de mármol, y a la bailarina que vuela sobre las cabezas de todos en “Pasajera en trance”. Y hubo tiempo para un estreno, “La medicina del amor” o “del doctor” (García mismo la presentó así), un funky con su sello. Y volvieron a repertorio “Filosofía barata y zapatos de goma” y “Nuevos trapos”, este último casi como leit motiv del show, por aquello de “siempre es como la primera vez”. Pero el momento emotivo por excelencia se produjo cuando subió al escenario Fito Paez, presentado como gran artista y directos de cine (Charly no deja de ser transgresor….) y juntos hicieron “Desarma y sangra”, mientras la gente miraba hipnotizada y cantaba lagrimeando.
A lo largo del show cantamos con “Raros peinados nuevos” e “Influencia”, saltamos con “Cerca de la revolución”, bailamos con “Fanky”, y nos emocionamos con “No te animás a despegar” y “Rezo por vos”. Ese primer tramo terminó en éxtasis con “Me siento mucho mejor” y “No voy en tren” como despedida.
Claro que iba a haber bises y como en Velez “Deberías saber por qué” fue el tema encargado de devolvernos a Charly al escenario. Pero había sorpresas, y de las grandes. Un nuevo invitado, nada menos que Pedro Aznar. Y verlo a Pedro doblado sobre su bajo al lado de Charly me hace dueño de un privilegio único. Y escucharlo meter el solo en “Perro Andaluz” hace que me den ganas de treparme al escenario a abrazarlos a todos. Maravilla de versión. Pedro amaga a irse, y Charly dice que le pidió una más. Y arrancan con “Seminare” y el corazón vuelve a decir que sí. No hay respiro. “Y ahora como seguimos?” se pregunta el maestro con razón y la respuesta la entregan las demoledoras “Rock and roll yo” y “No toquen” para repetir el final de Velez. Podría haber sido un cierre perfecto, pero a un García encendido no hay que desperdiciarlo y la gente se queda y lo hace volver. Un nuevo amiguete, Juanse ahora, para contar la historia desquiciada de Mr Jones y su familia. Se nota que estamos fuera de programa (la voz de Charly entró a destiempo) pero a nadie le importa. Y Charly le pide a la gente que elija el final. Y automáticamente yo me retrotraigo a la noche del concierto subacuático y me acuerdo de la tremenda versión de “Buscando un símbolo de paz” mientras desde cada lugar del estadio se gritan nombres de canciones de todos lo tiempos. Pero sucede algo mágico: desde el campo la gente se pone a cantar sola. Primero despacito, cada vez más fuerte. El colectivo apela al inconsciente, Charly dice “qué delicados!” pero nos da el gusto, y cantamos todos de nuevo una vez más. Era mucho más de lo que uno podía pedir o imaginar, pero había tiempo para un poco más. Escenario vacío nuevamente. Todos miramos hacia la derecha esperando una señal que se demora. Y como esos viejos wines de los ’50, mientras todos esperamos que salga por de un lado, Charly nos engaña y aparece del otro para sentarse en su piano. “No sé qué hacer, pero se me ocurrió algo”, nos confía, y a casi 35 años del adiós de Sui Generis en le mismo estadio, solito nos recuerda que “Hubo un tiempo que fue hermoso …”, y a esta altura tengo que pedir perdón, porque es muy difícil seguir. Voy a hacer lo mismo que Charly: me voy y los dejo cantando a capella.

sábado, 13 de marzo de 2010

Tony Levin en el Teatro ND Ateneo

Voy a empezar por una afirmación ineludible: Tony Levin, Pat Mastelotto y Michael Bernier son tres animales. Lo sabía antes del show (bueno, tal vez no sabia tanto de Michael), pero verlos arriba de un escenario no hace más que confirmarlo con creces. Llegué al Nd Ateneo con las mayores expectativas, y terminé saliendo con la convicción que ante semejantes músicos no hay expectativa válida, porque siempre son capaces de superar la valla más alta que uno se atreva a fijarles.
Desde la apertura (“Welcome” y “Sasquatch”) quedó claro cuál iba a ser la tónica del concierto: Levin y Bernier sacándole el jugo a las innumerables posibilidades sonoras de sus stick, y Mastelotto demoliendo cualquier lógica rítmica para encontrarse, perderse y reencontrarse con sus compañeros una y otra vez, como si entrar y salir de esos laberintos musicales fuese la cosa más sencilla del mundo. Yen la práctica si uno cerrase los ojos y solo se abocara a concentrar todos sus sentidos en el oído, le costaría creer que arriba del escenario no haya menos de seis personas. Porque cuando al tercer tema suena el primer clásico de la noche (Red”), uno puede sentir que sobre el escenario está King Crimson completo. Pero no. Aunque uno crea que Fripp y Belew andan escondidos por allí son ellos tres solitos dispuestos a arrasarnos con su energía a lo largo de la noche.
Michael Bernier toca con arco en varios tramos (“Inside the red pyramid” será la primera ocasión) incluído su set solista, entonces los stick además de bajo, guitarra, también funcionan como colchones de cuerdas sintetizadas que se intercalan y por momentos aplacan los climas demoledores durante las casi dos horas de show. Mastelotto combina la batería acústica con percusión electrónica y aporta al sonido timbres musicales diversos que decoran cada uno de los temas. Y no hace falta decir que lo de Tony Levin es fantástico. Sus dedos recorren el stick sin tregua, aportan texturas infinitas, combinan armonías imposibles y se desatan en contrapuntos con Bernier que dejan perplejos al público. Levin y Bernier, además se reparten las voces en los pocos tramos cantados del show. Stick men es una maquinaria perfectamente ensamblada y con cada tema parece perfeccionarse aun más consiguiendo interpretaciones decididamente increíbles. Como por ejemplo “Tsunami surfing”, composición tan intrincada y temeraria como la proclamada misión que le da nombre al tema.
Y hacia el final, Tony Levin se dedica a sacarle fotos al público con su camarita, y proclama su felicidad por la gira por Latinoamérica, pero dice que especialmente disfruta de Argentina; y declara a nuestro país segundo hogar de King Crimson, y a nosotros se nos cae la baba, porque el tipo lo dice con una humildad absoluta. La misma humildad con la que anuncia que se va a quedar firmando Cd’s en el hall del teatro, y con la que en el tramo final se adentra en el “Firebird” de Igor Stravinsky. Y la elección no puede ser más acertada, porque esos cambios de ritmos y las armonías politonales tan propias del compositor ruso le sientan de maravillas al trío. Y se va Stravinsky y empiezan a sonar los acordes de “Indiscipline” y uno ya no puede pedir más. Y dentro de una excelente versión del clásico de Crimson, Pat Masteloto, del que creíamos haberlo visto todo, nos demuestra que en realidad no habíamos visto nada. Porque la performance del baterista es sencillamente descomunal y el broche perfecto para el show; que tendría un regreso al escenario para dos temas más y otro cierre poderosísimo con “Relentless”. Y los tres músicos se abrazan y Tony Levin vuelve a sacar fotitos para su Road Diary, y se vuelve hacia su compañeros y pregunta: una más? Y la gente estalla, porque además esa “una más” no es cualquier “una más”, sino “Elephant talk” y entonces sí uno puede darse por satisfecho y salir a la madruga del sábado inmensamente feliz, aunque al mismo tiempo mirándose los dedos resignado y dándose cuenta que no hay “roña” Castro capaz de ponerlos a esa altura, porque como sabiamente dice Capusotto en la piel de Juan Carlos Pelotudo: es imposible!

viernes, 26 de febrero de 2010

Coldplay en River

Recuerdo que la primera vez que escuché a Coldplay fue cuando la efímera FM Supernova empezó a difundir “Trouble” a toda hora y el tema me fascinaba. Después escuché “Parachutes”entero y no solo me gustó sino que me quedó claro que me iba a tener que acostumbrar a oirlos por mucho tiempo, que esa facilidad para construir canciones no iba a desaparecer así como así. Unos años después, el brindis de la fiesta de 15 de mi hija estaba acompañado por “In my place”. Música de fondo para cualquier fiesta animada. La repetición, casi abusiva de la fórmula me había alejado de ellos, y Brian Eno mediante, “Viva la Vida” me devolvió la fe, por lo que verlos sobre un escenario era para mí una prueba casi fundamental, ya que hace rato que se han convertido en una banda de estadio, condición que les sienta a la perfección y de la cual serían el mayor exponente sino fuese por Bono y sus muchachos.
Llegué para disfrutar la última media hora del show de Bat for lashes, del cual tenía muchas expectativas, ya que con esa música que se me ocurre una cruza entre Bjork y Lush, me había comprado hace rato. Y Natasha cumplió con creces, sacándole el mejor provecho a un excelente sonido, poco habitual en las bandas soporte. Espero volver a verla pronto por estos pagos y en un recinto más adecuado para su música. Pero el plato fuerte era Coldplay, que con unos quince minutos de retraso apareció en el escenario mientras que por los parlantes se escuchaba “El danubio azul”, para abrir con “Life in Technicolor” y “Violet hill”. Y a ese tándem se pegan “Clocks”, “In my place” y “Yellow”. Excelente sonido, puesta en escena soberbia, iluminación impactante que incluyó lasers que iluminaban los frentes de las tribunas de River, y un greatest hits como para pegar de entrada. Combo aparentemente infalible. Pero como decía Tu Sam, todo puede fallar.
Y me tengo que detener en Chris Martin. Porque el muchacho intenta ser simpático, baila, corre por el escenario, habla con el público pidiendo disculpas por su español, y a las chicas parece caerle de maravillas. Pero yo empiezo a notar cierta insipidez que se va a ir acentuando a lo largo del show. Y una hora más tarde llego a la conclusión que los hombres le debemos a Chris Martin una buena dosis de autoestima. Porque si ese muchacho fue capaz de quitarle la novia Brad Pitt, no hay conquista amorosa que esté fuera de nuestro alcance. Y la banda parece contagiarse de ese clima, con excepción del baterista (Will Champion) que le pone toda la onda, y entonces el clima del recital sufre altibajos importantes. La seguidilla de “Cementerios of London” y “42” es impecable, aunque Martin arruine el final arrastrando el “living” de “You are just living my head” de manera innecesaria. Pero aún así, musicalmente es lo más alto del show, junto al bombardeo hitero de la apertura y la versión de “Strawberry swing”
La banda tiene dos momentos “íntimos”, acercándose al público tocando en el borde de las pasarelas que se abrían desde el escenario. El primero hacia la izquierda que termina con “God Put A Smile Upon Your Face” , y el segundo hacia el lado opuesto, en el cual interpretan un set acústico que incluye “Death will never conquer” con Champion a cargo de la voz, “Don quixote” (un estreno medio country, estilo que no les sienta para nada bien) y una versión de “Billie Jean” que no pasa de lo simpática, aunque vale destacar el falsete de Chris Martin. El show contiene todos los clichés habidos y por haber en los conciertos masivos: globos flotando por encima de la gente, papel picado (con forma de mariposas!!!!), fuegos artificiales e incitación a una “ola” luminosa utilizando los teléfonos celulares (A la mentada ola la considero una práctica abominable que se debería desterrar de los conciertos de rock, pero reconozco que acá el problema es mío; a la gente le divierte mucho). La respuesta del público tiene su clímax en “Viva la vida”, cuando la gente se queda coreando la melodía al final de la canción.
Se van con “Lovers in Japan” y “Death and all his friends” (otro punto altísimo desde lo musical) y yo empiezo a ver como algunas personas empiezan a retirarse del campo antes de los bises. Y para ellos aparece solo el bueno de Chris Martin a sentarse al piano, y yo lo veo cantar “The sciencist” y pienso en los vecinos de Nuñez que quieren hacer prohibir los shows en River, y me los imagino emocionados, pidiendo disculpas, rogando que ojalá todos los rockeros fueran como él. Y hasta creo que si le pedimos las Malvinas, el gringo nos las devuelve. Porque Chris Martin parece buenazo y buenudo Y después vuelve a escucharse “Life in Technicolor” y la despedida es final. Nadie exige nada, la gente mansamente se empieza a retirar., y yo me quedo con un sabor extraño, incompleto. Consciente de haber presenciado un show impecable desde lo técnico, irreprochable en lo profesional, pero carente de ese plus que uno está acostumbrado a exigirle a una banda en vivo. Y mientras salgo escucho a la gente y nadie habla del show. Nadie reclama por “Trouble” ni por “Speed of sound”, nadie dice nada como “Qué bien sonó tal o cual tema”. Alguien comenta algo del show de Oasis del año pasado y me acuerdo de la versión de “i’m the walrus” que fueron capaces de hacer unos Gallagher mientras se odiaban con toda su alma. La mayoría de las personas habla de paradas de colectivos, pizzerías disponibles, o de dónde dejaron el auto. Y yo sigo caminando y en Libertador me dan un volante con una promoción de papas gratis en Mc Donalds, y a mí se me ocurre una comparación entre los Coldplay y las papas fritas….pero no. Ahora que lo pienso, resultaría injusto y exagerado.

viernes, 19 de febrero de 2010

Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra en el Luna Park

Nadie que haya ido anoche a ver a Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra podrá mostrarte sorprendido. Después de aquella primera visita en 2001 quedó claro qué tipo de fiesta eran capaces de armar los serbios arriba de un escenario, que Kusturica ha sido adoptado por una porción de argentinos tanto como cineasta como músico, y que su arte ha conseguido una interesante cantidad de fieles, que encuentran y repiten ese espíritu en reuniones como las fiestas Bubamara. Por eso lo que aquella vez fue Trastienda, hoy es Luna Park casi colmado.
En estos días de adoración a Momo, podría decirse que lo de anoche fue un auténtico carnaval. Como si esta banda de gitanos hubiesen llegado al Luna Park para desenterrar al diablo y convertir la noche en una auténtica celebración pagana. Y anoche el diablo se vistió de azul, porque si hay alguien que ocupa ese lugar en la NSO, ese es Nelle Jankovic, el cantante de la banda y animador de la fiesta. Porque apareció enfundado en un traje de parodia de superhéroe, de un azul tan eléctrico como cada uno de sus movimientos y toda su performance. Que en su desenfreno no dudó en encaramarse a las plateas a los pocos minutos de comenzado el show, o “nadar” por encima de los brazos del público para sumarse a una ronda de pogo. Y junto a él, una banda que funciona como una auténtica orquesta de amigos festejando una boda, un cumpleaños, la vida entera.
Utilizando como leit motiv el tema de “The pink Panther”, al que van repitiendo como separador a lo largo del show, la banda arma el concierto sosteniéndose en tres de sus trabajos: “Unza Unza time”, y las BSO de “Black cat, white cat” y “Life is a miracle”. Pero el set list es (además de complicado de identificar) una anécdota. Porque el escenario es un compendio anárquico de rock, música balcánica, clown, circo y futbol. La música transcurre con citas a Floyd (Shine on you crazy diamond), Deep Purple (Somke on the water) y Led Zeppelin (Rock and roll), pero en medio hay pasos baile, juegos de mímica y bromas al por mayor. Los músicos se tapan unos a otros el rostro con un pañuelo, se asustan con un trombón, se persiguen como en una película muda. Cada solista es reverenciado por los otros en cada pasaje individual. Kusturica es presentado como Emir Clapton para su “Emir´s dream”. La percusión (a cargo de Stribor, hijo de Emir, y Zoran Marjanovic) se luce en “Devil in the business class”. Pasa “Upside down”, “Pitbull terrier”, y el público de desata con “Vasja”, “Drang nach Osten” y “Ja volim te jos”, el tema de “Black cat, white cat”, la película de Kusturica que más se asemeja al clima festivo y disparatado del show de la banda.
Y Nelle invita a subir al público femenino al escenario (aunque por allí se le coló algún muchacho). Elige chicas del público para que bailen entre los músicos, para enfrentarlas y dirigirlas como se si tratase de de una clase de aerobic, o directamente para adorarlas, como en el caso de una a la que le corresponde el rol de Julieta, mientras suena “Was Romeo really a Jerk”. Dejan Sparavalo, el violinista, no para de correr por el escenario a lo largo de la noche, y toca el violín pasándoselo detrás de los hombros, o desplazándolo con las dos manos por el arco, al que sostiene con la boca. Y repite el procedimiento, pero elevándolo hacia otro arco gigante (sostenido por dos chicas del público), compitiendo en esta oportunidad con la guitarra de Kusturica. Y Nelle se suelta la mitad superior de su traje y deja de ser un superhéroe para transformarse en un maestro de ceremonia de una comparsa y termina el show vestido solo con sus boxer.
Los bises son bises en serio, porque lo que hacen es repetir dos temas, aunque en versión resumida. El cupo de demagogia se cubre con el deseo de una final mundialista entre Argentina-Serbia, y con Nelle y Emir presentados como Diego Maradona y Lionel Messi. La Casaca de Excursionistas, a esta altura tradicional, y un cierre repleto de rebeldía adolescente al grito de One, two, three…Fuck you MTV. Después de dos horas se vuelven a encender las luces del Luna Park, el diablo ha vuelto a la tierra, y los cuerpos transpirados salen a enfrentar la noche húmeda de Buenos Aires.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Gustavo Cerati en el Club Ciudad

Resultó la despedida perfecta. Para un año de shows inolvidables y también para el Club Ciudad como escenario para recitales. Las quejas de los vecinos (o de la vecina, se podría decir) pudieron más que la voluntad de encontrar soluciones para que el rock pueda tener lugares en donde expresarse masivamente. Pero los vecinos no se la llevaron de arriba. Porque anoche Cerati se sonó todo. Literalmente, no hay otra manera mejor de expresarlo. Porque más allá de la cuestión de los decibeles, la banda de Gustavo consiguió un sonido potente sin perder calidad ni detalle en cada arreglo, y por momentos resultó demoledora.
Después de la cancelación del sábado por la tormenta, el recital se reprogramó para ayer a las 20 hs, y la cantidad de barro en algunos accesos hizo suponer que esa decisión resultó razonable. El show en sí se repartió en dos mitades bien definidas. La primera estuvo dedicada a la interpretación íntegra de “Fuerza natural”, el último trabajo de Cerati, y primero post reunión de Soda Stereo. Y si el disco resulta de por sí sólido, en vivo realmente descolla. Desde la apertura con “Fuerza natural”, con un Cerati enmascarado, hasta el prolongado final con “He visto a Lucy” con los vientos comandados por Gillespie acompañando a la banda, el repaso fue preciso y apenas desordenado del recorrido original. Con puntos altos en cuanto a respuesta del público como “Deja vu” o “Rapto”, con momentos arrolladores, como “Dominó”, y tramos más calmos pero que resumieron los mejores temas del álbum: “Tracción a sangre”, “Sal” y “Cactus”. Cerati habló poco, hizo referencia a los vecinos y las quejas por el volumen, e invitó a que si alguien había traído algo “natural”, lo consuma (si me remito a mi experiencia de ayer, no creo que nadie haya llevado nada. Debe haber sido el recital más sano al que fui desde Pipo Pescador en La Rural. El único aroma penetrante que percibí fue el del Off que habían llevado unos chicos que estaban unos metros delante mío)
La segunda parte, abrió homenajeando a Mercedes Sosa con el tema que compartieron en el disco Cantora, “Zona de promesas” y que además resultó ser el único tema de Soda Stereo que sonó en el Club Ciudad. El resto fue un repaso parejo por la discografía de Cerati solista, con una banda sonando a la perfección (notables Leandro Fresco y Richard Coleman) y con un público más participativo. Pasaron primero “Pulsar” y “Te llevo (para que me lleves)” de Amor Amarillo con Anita Alvarez Toledo compartiendo las voces. Después un compilado de hits imbatibles: “Puente”, “Cosas imposibles”, “Crimen”, una potentísima versión de “La excepción”, citas a “Rebel, rebel” y “Post crucifixión”, y además hubo lugar para temas como “Marea de Venus” (del disco compartido con Melero, Colores Santos), “Vivo” y “Jugo de luna”.
En el cierre, al cabo de casi dos horas y media de show, Gustavo presentó a la banda, que además de los nombrados Alvarez Toledo, Coleman y Fresco, la integraron Fernando Nale en bajo, Gonzalo Cordoba en guitarra y Fernando Samalea en batería, y la despedida fue con “# (numeral)” tema oculto de “Fuerza natural”. Haciendo un resumen, hay que creerle a Cerati cuando afirma aquello de “nunca me sentí tan bien”, porque se nota. Se nota en la actitud sobre el escenario, en la frescura con la que interpreta las nuevas canciones, y porque después de la vuelta de Soda rescata se apoya sobre su etapa solista con convicción.
Un más que digno cierre de año para mí en cuanto a recitales. Un año que por acá tuvos los picos de la celebración de Spinetta y en el regreso de Charly, y de afuera las agotadoras tres horas de funk de George Clinton y el inigualable show de Radiohead. Veremos que trae el que viene, que arrancó mal con la cancelación de Brett Anderson.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Spinetta y las bandas eternas en Velez

Tal vez el cliché perfecto cuando uno quiere transmitir emociones inexplicables es decir que no hay palabras para describirlas, y la noche de flaco Spinetta en Velez se presta perfecto para aplicarlo. Pero empiezo a escribir y me doy cuenta que si hay algo que sobran son las palabras. Porque bastaría hacer una enumeración de los nombres que pisaron el escenario, o sencillamente repasar la lista de temas que sonaron para dejar más que claro el tamaño y la profundidad de las emociones que se vivieron anoche en Liners. La decisión de Spinetta de repasar su carrera a cuarenta años de su primer disco y a poco más de un mes de soplar 60 velitas, resultaba de por sí un hecho inédito. Porque quienes lo seguimos por años sabemos de inquebrantable voluntad de llevar aquello de “mañana es mejor” a las últimas consecuencias, y que por ese motivo buena parte de su glorioso pasado apenas si se lo puede gozar en cuentagotas en sus recitales. Y además reuniendo a los grupos, esas bandas eternas que lo acompañaron a lo largo de su carrera y a muchas de las cuales jamás creímos poder ver nuevamente sobre un escenario, y mucho menos todas juntas y en la misma noche. Pero finalmente sucedió. Y sucedió en una especie de Spinetta Fest (casi cinco horas y media de show, con varios intervalos), durante el cual la música y la poesía hipnotizaron a las casi 40000 personas que perplejos, mirábamos el escenario y escuchábamos pasar las canciones y no terminábamos nunca de caer en el tamaño de la obra que ese tipo flaco y jovial que dirigía la batuta, nos ha dejado y felizmente, nos seguirá regalado.
Curiosamente el flaco decidió abrir el show en un recuento de ausencias. Nombrando a los músicos que por distintos motivos no iban a estar presentes a la hora de tocar (Pedro Aznar, Hugo Fattoruso, Nicolas Ibarburu, Rodolfo Mederos y varios más) o a la hora de ser interpretados (Moris, Calamaro, Indio Solari). Y ese recuento nos empezó a dar la pauta de quienes sí iban a estar y entonces empezamos a imaginar encuentros. Y después sí la apertura., que estuvo a cargo de “Mi elemento”, de su último trabajo “Un mañana”. A partir de allí comenzó la larga parte que se podría llamar primer show, en el cual su etapa de Jade tuvo preponderancia, con varias citas a sus distintas etapas solistas y también muchos homenajes. Y esas dos horas tuvieron picos inmensos. Porque por momentos Spinetta decidió olvidarse que estaba en un estadio y solo junto a sus tecladistas de Jade construyó momentos de belleza inigualable: “Ella también” y “Umbral” junto a Diego Rappoport; “Al ver verás” y “No ves que ya no somos chiquitos”, con los arreglos orquestales del Mono Fontana, tal cual lo hacía promediando los ’80; y junto a Leo Sujatovich, rescatando dos gemas de “Bajo Belgrano” como “Era de uranio” y “Vida siempre”, para terminar de celebrar aquel álbum con “Maribel se durmió”. Pero pasó también Juan del Barrio para “Alma de diamante”. Y sonaron también “La bengala perdida” y “Fina ropa blanca”. Y cada músico era presentado con una constelación de elogios repetidos, que terminó por resultar el chiste de la noche. Las palabras genios, maestro, talentoso se repetían de una manera que al mismo Spinetta le provocaba gracia la reiteración. Un flaco que dialogó y bromeó con el público como siempre, y que en un gesto que no hace otra cosa que demostrar su humildad, dedicó buena parte de su show de celebración de 40 años de carrera a homenajear a artistas contemporáneos a su obra. Así se escucharon “Mariposas de madera” (Miguel Abuelo), “A dónde está la libertad?” (Pappo), junto a Juanse, “El rey lloró” (Litto Nebbia), y “Yo necesito un amor” (Javier Martinez) en versión hip-hop, con sus hijos Dante y Valentino. Pero en esos homenajes hubo lugar para tres momentos cumbres: Fito Paez subió para hacer su propio tema “Las cosas tienen movimiento”, además de acompañar al flaco en “Asilo en tu corazón”. Un emocionadísimo Gustavo Cerati subió para las versión de “Te para tres” y “Bajan”, momento altísimo además, porque Gustavo Spinetta estaba a cargo de la batería y ya sin Cerati sobre el escenario hicieron “Cementerio Club” para completar las citas a ese disco incomparable que es “Artaud”. Y finalmente, después de una versión hermosísima de “Filosofía barata y zapatos de goma”, la presencia de Charly García sobre el escenario para cerrar esa primera parte con “Rezo por vos”
Habían pasado diez minutos de la medianoche, de las bandas eternas no había habido noticias, y a esa altura quedaban dos opciones: estábamos frente a una estafa gigantesca o la noche iba a ser interminable. El regreso de Spinetta al escenario dejó en claro cuál era la respuesta correcta. Y junto a Marcelo Torres en bajo revievieron el power trío de los ’90, Los Socios del Desierto. Pero claro, el “tuerto” Ruiz ya no está entre nosotros y el lugar de la batería lo ocupó Javer Malosetti (que ya había subido e tocar el bajo en la primera parte). Homenaje a Wirtz y dos temas de aquel disco doble: el conmovedor “Bosnia” y “Nasty people”. Otro intervalo y entonces sí se produjo la primera gran reunión de la noche, porque Machi Rufino y Pomo Lorenzo estaban sobre el escenario para revivir Invisible. Tengo que decir que por preferencias personales era el tramo que más esperaba del show, y no solamente no me defraudó sino que además quedo clara la vigencia de ese trío que a mediados de los ’70 deslumbraba por potencia, versatilidad y creatividad. Porque sonaron ajustados como si hubieran dejado de tocar hace meses, porque además no fueron complacientes a la hora de elegir los temas y porque dejaron bien en claro que la leyenda no les queda chica. El set list de Invisible fue: “Durazno sangrando”, “Juego de lúcuma”, “Lo que nos ocupa es esta abuela la conciencia que regula el mundo”, “Perdonado” y “Amor de primavera” (de Tanguito) con Lito Espumer en el lugar de Tomas Gutbisch.
Y las presentaciones de fueron realizando a manera de precesión temporal. Entonces lo que venía después de Invisible era Pecado Rabioso, el momento más esperado por la mayoría del público. Carlos Cutaia, Black Amaya, David Lebón y la incorporación de Guillermo Vadalá, (luego se sumó “bocón” Frascino) subieron al escenario de Velez para un set demoledor. Fue el momento más poderoso de la noche, con el Spinetta compartiendo voces con Lebón, y con una carga emotiva y un pulso rockero que solo puede describirse en la sucesión de canciones: “Poseído del alba”, “Hola dulce viento”, “Credulidad”, “Serpiente viaja por la sal”, “Me gusta ese tajo” y “Post crucifixión”.
El final se acercaba llegando al origen. A esos adolescentes de Belgrano que empezaban a construir una obra que a la postre sería maravillosa. Era el momento de Almendra, de Emilio del Guercio, de Rodolfo García y Eldemiro Molinari. Del disco del payaso, de esa banda que mientras el rock nacional empezaba a buscar sus primeras identidades, se erigía como única por sus composiciones y su poesía. La única que ya tenia una reunión en su haber, allá por 1980. Y después de los pasos de Invisible y Pescado, no podían ser menos. Y esta la versión de Almendra deslumbró. Otra vez sin complacencias a la hora de elegir las canciones, dejando a la vista una obra descomunal. El set resultó impecable: “Color humano”, “Fermín”, “A estos hombres tristes”, “Hermano perro”, y el final con una versión preciosa y delicada de “Muchacha (ojos de papel)” dedicada a la madre de Spinetta, con Luis solo con la guitarra y sus compañeros de banda arrimados haciendo coros.
No se podía pedir más. Pero aquella suplica de “Muchacha”, eso de quedarse hasta el alba parecía ser la premisa a esa hora, y el flaco volvió. Como en una reunión de amigos dijo que había más y que después “los invito a todos a casa”. Y llegó el homenaje alas víctimas del accidente de Santa Fe, a hacer un lugar a la tarea con la cual se ha encomendado desde aquel accidente y su colaboración con la campaña Conduciendo a conciencia. Y tocó “8 de Octubre”, el tema que compuso con Leon Gieco en homenaje a aquellos chicos, invitando a otro asiduo de esa causa: Ricardo Mollo. El final fue un regalo extra. Un tramo para aplaudir y corear, para sacarse el frío e irse a casa con una sonrisa que no se borrará nunca. Entonces en seguidilla pasaron “Seguir viviendo sin tu amor”, “Yo quiero ver un tren” y el final con “No te alejes tanto de mí”, súplica innecesaria para quienes nunca nos habíamos sentido más cerca. Quedó un reproche a la revista Rolling Stone por haber diseñado la tapa de su último número (que Spinetta comparte con Charly García) son las letras tapando la leyendo de su remera de “Conduciendo a conciencia”. Una decisión que probablemente tenga más motivos estéticos que otra cosa, pero que a Luis le molestó mucho. Entonces el saludo final llegó con todos los músicos que habían pasado sobre el escenario a lo largo de la noche luciendo esa remera. Eran casi las tres y media de la mañana de en una noche de música y poesía inigualable. Un concierto que solo puede medirse en la dimensión de la carrera de un artista como Luis Alberto Spinetta. Que puede celebrar 40 años de carrera emocionando de principio al fin, y darse el lujo de dejar afuera canciones como “Barro tal vez”, “Los elementales”, “Los libros de la buena memoria”, “Canción para los días de la vida”, “Jardín de gente” y podría seguir hasta el infinito. Pero el flaco yo nos lo enseñó hace mucho: mañana es mejor. La celebración ya terminó, ahora solo queda brindar por las canciones que vendrán.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Living Colour en La Trastienda

La película de Living Colour empezó hace poco más de veinte años con un hito inigualable, su disco debut “Vivid”. Y por más que se han esforzado y hecho cosas admirables en el camino, aquel primer paso resulta inalcanzable y por ese motivo sigue siendo el pilar fundamental de sus shows; que por otra parte no hacen otra cosa que confirmar lo que a esta altura parece innecesario: Living Colour es una banda para disfrutar en vivo.
De sus cuarto visitas a Argentina, esta es la segunda vez que los veo (la anterior en 2001) y la impresión fue exactamente la misma: una banda demoledora que no da respiro, que conciente de su virtuosismo no hace de este una exageración y antepone las canciones al lucimiento. Que saben moverse por varios estilos siempre al servicio de su veta rockera inclaudicable, y que están dispuestos a dejar sangre y sudor (no hay lugar para las lágrimas en esto) sobre el escenario para que el público no solo se vaya conforme, sino empachado de su música.
Anoche la apertura confirmó la importancia de “Vivid” en su discografía y la seguidilla de “Deseperate people”, “Middle man”, “Funny Vibe”, y su densa y contundente versión de “Memories can’t wait” de Talking Heads, se encargaron a poner al público en contexto y prepararlo para casi dos horas y media de un show arrollador. La presentación de su reciente trabajo “The chair in the doorway” es algo más que una excusa, porque el set tiene una muy buena dosis de ese disco y algunos de esos momentos se transformaron en picos del recital: “Burned bridges”, “Bless tose (little Annies prayer” y especialmente “Decadance”. De todas maneras los clásicos siguen teniendo lugar, y se escuchan algunos como “Go away” y “Glamour boys”, e incluso sirven como soporte para los momentos de lucimiento personal: la amplitud y la capacidad vocal de Corey Glover en “Open Letter (to a Landlord)”, y el solo de bajo en “Bi”, en donde Doug Wimbish hizo sonar su instrumento como una guitarra (cita a “The Goodfather” incluída) y arrancó una ovación del público. A estos les sigue Will Calhoun, y un solo de batería con ayuda electrónica, que termina con el escenario a oscuras y sus manos empuñando palillos luminosos que libran una batalla contra los tambores y platillos que parece salida de Star wars.
Living Colour es una de esas bandas que el público argentino ha adoptado como propias, y que ya merecen el canto “…es un sentimiento..no puedo parar…” en varios momentos del show. Pero el momento de máxima comunión se da en “Elvis is dead”, tema que el público había coreado minutos antes y cuyo estribillo es cantado en español. Entonces ahora es “Elvis está muerto”, y que podría ser rebautizado “Elvis está muerto, pero no tanto”, porque en un meddley Living Colour cita a Elvis haciendo una mortífera versión de “Hound dog”.
El último tramo incluyó una sorpresa inesperada: el espíritu punk que habitualmente queda expresado en el “Should I stay or should I go” de los Clash, esta vez fue representado por una poderosísima versión de “In bloom” de Nirvana que a Living Colour le sentó a la perfección. Para el final “Time’s up” y “Cult of personality” dieron por finalizado de la mejor manera el show, con el mosh de Corey Clover y Doug Wimbish incluido. Salí medio aturdido con la pirotecnia de Vernon Reid todavía rebotando en mi cerebro, y que por un momento me dio ganas de gritar a la gente, que como si se tratase de una función de cine, esperaba afuera el segundo show de la noche: el asesino es el guitarrista! Pero en el fondo hubiese sido injusto con los otros tres cómplices.

sábado, 24 de octubre de 2009

Charly Garcia en Velez

El show de Charly García había realizado buena parte de su recorrido cuando un rayo tremendo iluminó la noche de Velez. Como si fuese el flash de alguna divinidad que intentaba obtener pruebas de lo que allá abajo estaba sucediendo y no podía terminar de creer. Y lo que allá abajo sucedía era que más de 30000 personas saltaban y cantaban bajo la tormenta mientras Charly hacía su versión de “Me siento mucho mejor”, aquel clásico de los Byrds del que se apropió desde la primera vez que lo interpretó. Y más allá de los contratiempos uno ya había asumido que la noche no podía haber sido de otra manera. Porque las resurrecciones van en sentido contrario al devenir de la naturaleza, y por eso ayer la naturaleza pretendió defender su orden lógico de la manera más feroz..
Con algo más de media hora de demora Charly García había abierto el show con “El amor espera”, mientras el sonidista se desgañitaba en una pelea desigual contra el viento para conseguir que la música llegue a los oídos del público de la mejor manera posible. Casi sin palabras, solo una frase a manera de conjuro (Fuera lluvia!...O más fuerte), Charly García se sentó frente a su piano para comenzar la noche de su regreso. A “El amor….” le siguieron un “Rap del exilio” demoledor (en donde el “negro” García López empezaba a construir una gran noche) y la maravillosa “No soy un extraño”. A esa altura el sonido se había terminado de acomodar y entonces “Cerca de la revolución” se convirtió en la primera gran explosión en Velez.
Detenerse en la lista de temas elegidos es anecdótico. El repertorio de Charly tiene el suficiente sustento como para cambiar mil veces los nombres y orden de los temas sin transformar el resultado final. Ayer particularmente se centró en su etapa solista, con cierta preeminencia de “Piano bar”, pero con una selección bastante pareja desde donde extrajo gemas como “Adela en el Carrousel”, “Canción de 2x3”, “Pasajera en trance” y “No te animás a despegar” que resultaron de lo más emotivo del show. Solo se desvió de ese recorrido cuando hurgó unos años atrás para rescatar “Llorando en el espejo” e hipnotizar con un final que sin ser tan prolongado como lo hacía en Seru Giran consiguió exactamente el mismo efecto. Pero también hubo momentos de enorme energía como en “Fanky”, “Hablando a tu corazón”, “Raros peinados nuevos”, “Demoliendo hoteles” y la arrolladora versión de “Buscando un símbolo de paz”.
Y como la noche se trataba de emociones, la presencia de Luis Alberto Spinetta fue necesariamente en ese sentido el punto culminante. Presentado como “ídolo y maestro” el flaco subió al escenario para compartir “Rezo por vos” mientras sobre Velez se descargaba lo peor de la tormenta y la gente no paraba de saltar y corear siguiendo a la guitarra de Luis.
Cuando un grupo vuelve a tocar después de varios años se lo denomina como reunión. Y en el caso de Charly, aunque por ser solista solo debería tratarse de un regreso, no sería injusto llamarlo de la misma manera. Porque lo que pudimos ver anoche fue la reunión del hombre con el artista. Charly y el piano, Charly y su voz, Charly director de orquesta. Porque habría que buscar mucho tiempo atrás para encontrarlo cantando de esa manera y siendo el pianista de su banda. Dando ordenes, marcando los tiempos y los cortes con las manos, centrándose solo en la música y su banda. Una banda rockera que roza la perfección; en donde el trío chileno (Kiushe Hayashida en guitarra, Carlos Gonzalez en bajo y Tonio Silva Peña en batería) es el pilar para que se luzca el “negro” García Lopez, y el “zorrito” Von Quitiero aporte desde los teclados. Mas la voz de Hilda Lizarazu que acompaña y comparte casi todos los temas aportándole color brillo a cada una de las letras.
La tormenta resultó una excusa para darle al show un marco épico, pero también sirvió para confirmar que la voluntad de Charly resiste hoy por hoy cualquier prueba. Por bastante menos que lo de anoche algunos de sus shows terminaron en un caos y sin embargo anoche superó cada una de los contratiempos que el clima le impuso. El “zorrito” por momentos tuvo que tocar agazapado adivinando las teclas debajo de la protección que entre dos plomos le sostenían sobre sus teclados, como pasó durante “Nos siguen pegando abajo”. Buena parte de la puesta en escena anunciada (que incluía una mujer volando hacia el escenario y fuegos artificiales) quedó trunca y sin embargo el espíritu del show no decayó durante las dos horas y cuarto que duró.
Excepto el estreno para el público argentino de “Deberías saber por qué” durante uno de los bises, los finales estuvieron cargados de una tremenda energía roquera: “No voy en tren”, Rock and roll yo” y “No toquen” fueron los tres elegidos para cada una de las entradas. Y como bonus track “No se va a llamar mi amor” con la gente a las corridas, volviendo sobre sus pasos cuando muchos ya habían empezado a retirarse de las tribunas y el campo de Velez. “El rock es más poderoso que el agua” aseguró Charly, y vaya si tenía razón.
Un show mágico, necesario para un músico que precisa reafirmarse en el camino que ha decidido recorrer después de haber tocado fondo. Un gigantesco placer para todos los que amamos su música porque forma parte indeleble de nuestras vidas. Pero hay algo que no quiero dejar de pasar por alto: un año y medio atrás la mayoría de medios relataban en off el drama de Charly García repitiendo incesante e inauditamente las imágenes del músico atado a una camilla en Mendoza, ofreciendo la versión más cruenta y descarada de su amarillismo. Seguramente en estos días veremos y escucharemos a los mismos medios relatando en tono grandilocuente la “resurrección” de Charly. No quiero dejarlo pasar porque ninguno de estos hipócritas reconocerá jamás que tenían preparados los obituarios de Charly García, esperando poder dar la noticia de su muerte medio minuto antes que su competencia. Incluso alguno se permitió anunciarla basándose en un sitio de internet de nula autoridad. A todos ellos, a quienes ahora les toca interpretar el papel de fans emocionados, les recuerdo la letra del tema con que Charly decidió abrir su show de regreso: “Yo hago el muerto para ver quién me llora, para ver quién me ha usado”. Tal vez se sientan identificados.